Y aquí entre nosotros, mientras espero al siguiente paciente con el café todavía caliente en la mano, me descubro haciendo algo que no hago con frecuencia en mitad de la jornada: mirar atrás.

Séneca me enseñó que saber y escuchar son dos ejercicios distintos, aunque toda una vida de filosofía te haya preparado para el primero. Sócrates me dejó la pregunta abierta y la puerta entornada, y me hizo la consulta a mí antes de que yo pudiera hacérsela a él. Platón llegó convencido de que el cuerpo era solo una sombra, y se fue mirando la luz por la ventana sin necesidad ya de distinguir cuál de las dos era más real. Y Aristóteles, que vino con un melanoma precoz y el peso del universo sobre los hombros, salió por fin sin su cuaderno y con una sonrisa que valía más que cualquier causa última que hubiera podido encontrar.

Todos ellos vinieron buscando algo que la filosofía, por sí sola, no había podido ofrecerles: alguien que permaneciera a su lado mientras la pregunta seguía abierta.

Cada uno a su manera, todos ellos vinieron buscando algo en esta consulta que sus propios sistemas de pensamiento no les habían podido dar del todo: no una respuesta, sino alguien que se sentara con ellos mientras la pregunta duraba.

Os lo digo con la confianza de siempre: no hay día que no aprenda algo en esta sala. Y hoy, más que nunca.

Porque esta mañana, antes de que entrara el siguiente paciente, me quedé mirando un rincón de la consulta que conozco de sobra y al que casi nunca presto atención consciente: una pequeña estantería donde conviven, con la naturalidad de lo cotidiano, varios tratados de oncología, las guías clínicas del año, un par de libros subrayados hasta la extenuación, y un crucifijo pequeño, discreto, que lleva ahí desde el primer día que abrí esta consulta y que nunca he sentido necesidad de quitar ni de explicar.

Ciencia y fe, lado a lado, sin que ninguna de las dos le pida permiso a la otra para estar.

Llevaba años sin verlo de verdad, y esta mañana, sin saber muy bien por qué, lo vi.

Quizás porque el siguiente paciente de mi agenda se llama Averroes, y Averroes dedicó su vida entera exactamente a eso.

Abu l-Walid Muhammad ibn Ahmad ibn Rushd nació en Córdoba en 1126, en una ciudad que era entonces una de las más brillantes de todo el mundo conocido, un lugar donde convivían con una naturalidad que la historia posterior se encargaría de destruir las bibliotecas árabes, las sinagogas judías y las iglesias cristianas, a veces en la misma calle, a veces a la misma hora.

Córdoba no era solo una ciudad: era la demostración viva de que la razón y la fe, la ciencia y la creencia, podían respirar el mismo aire sin ahogarse mutuamente.

Averroes creció en ese ambiente, lo respiró desde niño, y decidió dedicar su vida a defenderlo con argumentos cuando el mundo a su alrededor empezó a olvidarlo. Fue médico, juez y filósofo, y se convirtió en el comentarista de Aristóteles más influyente de toda la Edad Media, tan decisivo que en las universidades europeas se le llamó sencillamente el Comentador, sin necesidad de más apellido. Sufrió persecución y destierro por sus ideas, pero la historia, generosa a veces con quien la sirve bien, lo rehabilitó antes de su muerte en Marrakech, en 1198.

Córdoba lo vio nacer y formarse. El mundo entero lo heredó.

La razón y la fe no son enemigas. Solo contemplan la misma verdad desde ventanas distintas.

No me negarán que hay algo que aprieta en el pecho al pensar que un hombre que nació a pocos kilómetros de donde yo trabajo cada día, que caminó por las mismas orillas del Guadalquivir que yo conozco, dedicó su existencia entera a defender algo que esta mañana tengo en un rincón de mi estantería sin haberle prestado suficiente atención: que la fe y la razón no son enemigas, sino vecinas.

Cuando lo hago pasar y le explico que las imágenes revelan un cáncer digestivo, localizado pero con un recorrido por delante que no conviene minimizar, espero la reacción que tantas veces he visto en esta misma silla: la negación inicial, el silencio que se quiebra, la pregunta repetida de si estoy completamente seguro.

No llega nada de eso.

Averroes asiente, casi como si yo le estuviera confirmando algo que ya había leído antes en otro libro, y me dice que el cuerpo es un texto, Dr. De la Haba, y que él, que ha pasado la vida entera comentando textos ajenos, encuentra justo que ahora le toque comentar el suyo propio.

Le pregunto si tiene miedo, y se toma un momento para responder, con la misma seriedad que dedicaría a un pasaje difícil, antes de decirme que tiene respeto, no miedo, porque el miedo nubla la razón mientras que el respeto, sostiene, la afina.

Para un hombre que dedicó la existencia entera a conciliar razón y fe, la enfermedad no llega como una contradicción más que resolver, sino como la prueba última de un trabajo ya hecho de antemano.

Le explico el tratamiento que podemos ofrecerle, y me escucha con la misma atención reposada con que imagino que escuchaba leer, hace ochocientos años, un manuscrito difícil: sin interrumpir, dejando que cada palabra encuentre su lugar antes de pasar a la siguiente.

Me confiesa, ya avanzada la conversación, que algunos llamarían a lo que le ocurre voluntad de Dios, y otros, naturaleza siguiendo su curso, y que él, fiel a sí mismo hasta el final, sostiene que ambos están señalando, desde ventanas distintas, exactamente lo mismo.

«No hace falta elegir. Caben los dos.»

En ese momento, sin saber muy bien por qué, señalo el rincón de la estantería donde conviven los tratados de medicina y el crucifijo pequeño.

Lo mira un instante largo, y algo en su gesto se afloja, como quien reconoce en un paisaje ajeno algo que lleva toda la vida buscando.

—Eso, Dr. De la Haba —me dice en voz baja— es exactamente lo que intenté explicar durante cuarenta años. Que no hace falta elegir. Que caben los dos.

Le pregunto si encuentra sentido al sufrimiento que se le viene encima o si simplemente piensa soportarlo, y me corrige con suavidad, como quien enmienda con cariño una pregunta mal planteada:

Buscar sentido y aprender a soportar no son tareas distintas; son la misma tarea, vista solamente con luz diferente.

Hablamos también, porque la conversación lo exige, de lo que significa para él entrar en la etapa final de su vida.

Me dice que ha pasado años explicando a quienes creían que la fe y la razón no podían sentarse jamás a la misma mesa, y que ahora le toca sentarse él mismo entre la razón que entiende perfectamente lo que le estoy contando y la fe que no necesita entenderlo todo para aceptarlo igualmente.

Le pregunto si eso le da paz, y lo piensa de verdad, con la misma calma con que sopesaba siempre las cuestiones que consideraba importantes, antes de responderme que paz, no lo sabe con certeza, pero que sí le da coherencia, y que a estas alturas de su vida, para él, ambas cosas vienen a ser casi lo mismo.

La verdad no teme a las preguntas; solo teme al silencio que las evita.

Antes de marcharse, se detiene un momento junto a la estantería, mira el crucifijo y los libros una vez más, y me deja una idea casi a modo de comentario al margen de su propia historia, que os regalo tal como él me la regaló a mí:

Que la verdad no teme a la pregunta, sino que solo teme al silencio que la evita.

Sale de mi consulta con el mismo paso reposado con que entró.

Y yo, Juan de la Haba, me quedo mirando ese rincón de la estantería que lleva años ahí sin que yo lo viera de verdad, pensando que a veces hace falta que venga alguien nacido a orillas del Guadalquivir, hace novecientos años, a enseñarte lo que tienes delante.

Y aquí entre nosotros, mientras espero al siguiente paciente con el café todavía caliente en la mano, me descubro haciendo algo que no hago con frecuencia en mitad de la jornada: mirar atrás.

Séneca me enseñó que saber y escuchar son dos ejercicios distintos, aunque toda una vida de filosofía te haya preparado para el primero. Sócrates me dejó la pregunta abierta y la puerta entornada, y me hizo la consulta a mí antes de que yo pudiera hacérsela a él. Platón llegó convencido de que el cuerpo era solo una sombra, y se fue mirando la luz por la ventana sin necesidad ya de distinguir cuál de las dos era más real. Y Aristóteles, que vino con un melanoma precoz y el peso del universo sobre los hombros, salió por fin sin su cuaderno y con una sonrisa que valía más que cualquier causa última que hubiera podido encontrar.

Todos ellos vinieron buscando algo que la filosofía, por sí sola, no había podido ofrecerles: alguien que permaneciera a su lado mientras la pregunta seguía abierta.

Cada uno a su manera, todos ellos vinieron buscando algo en esta consulta que sus propios sistemas de pensamiento no les habían podido dar del todo: no una respuesta, sino alguien que se sentara con ellos mientras la pregunta duraba.

Os lo digo con la confianza de siempre: no hay día que no aprenda algo en esta sala. Y hoy, más que nunca.

Porque esta mañana, antes de que entrara el siguiente paciente, me quedé mirando un rincón de la consulta que conozco de sobra y al que casi nunca presto atención consciente: una pequeña estantería donde conviven, con la naturalidad de lo cotidiano, varios tratados de oncología, las guías clínicas del año, un par de libros subrayados hasta la extenuación, y un crucifijo pequeño, discreto, que lleva ahí desde el primer día que abrí esta consulta y que nunca he sentido necesidad de quitar ni de explicar.

Ciencia y fe, lado a lado, sin que ninguna de las dos le pida permiso a la otra para estar.

Llevaba años sin verlo de verdad, y esta mañana, sin saber muy bien por qué, lo vi.

Quizás porque el siguiente paciente de mi agenda se llama Averroes, y Averroes dedicó su vida entera exactamente a eso.

Abu l-Walid Muhammad ibn Ahmad ibn Rushd nació en Córdoba en 1126, en una ciudad que era entonces una de las más brillantes de todo el mundo conocido, un lugar donde convivían con una naturalidad que la historia posterior se encargaría de destruir las bibliotecas árabes, las sinagogas judías y las iglesias cristianas, a veces en la misma calle, a veces a la misma hora.

Córdoba no era solo una ciudad: era la demostración viva de que la razón y la fe, la ciencia y la creencia, podían respirar el mismo aire sin ahogarse mutuamente.

Averroes creció en ese ambiente, lo respiró desde niño, y decidió dedicar su vida a defenderlo con argumentos cuando el mundo a su alrededor empezó a olvidarlo. Fue médico, juez y filósofo, y se convirtió en el comentarista de Aristóteles más influyente de toda la Edad Media, tan decisivo que en las universidades europeas se le llamó sencillamente el Comentador, sin necesidad de más apellido. Sufrió persecución y destierro por sus ideas, pero la historia, generosa a veces con quien la sirve bien, lo rehabilitó antes de su muerte en Marrakech, en 1198.

Córdoba lo vio nacer y formarse. El mundo entero lo heredó.

La razón y la fe no son enemigas. Solo contemplan la misma verdad desde ventanas distintas.

No me negarán que hay algo que aprieta en el pecho al pensar que un hombre que nació a pocos kilómetros de donde yo trabajo cada día, que caminó por las mismas orillas del Guadalquivir que yo conozco, dedicó su existencia entera a defender algo que esta mañana tengo en un rincón de mi estantería sin haberle prestado suficiente atención: que la fe y la razón no son enemigas, sino vecinas.

Cuando lo hago pasar y le explico que las imágenes revelan un cáncer digestivo, localizado pero con un recorrido por delante que no conviene minimizar, espero la reacción que tantas veces he visto en esta misma silla: la negación inicial, el silencio que se quiebra, la pregunta repetida de si estoy completamente seguro.

No llega nada de eso.

Averroes asiente, casi como si yo le estuviera confirmando algo que ya había leído antes en otro libro, y me dice que el cuerpo es un texto, Dr. De la Haba, y que él, que ha pasado la vida entera comentando textos ajenos, encuentra justo que ahora le toque comentar el suyo propio.

Le pregunto si tiene miedo, y se toma un momento para responder, con la misma seriedad que dedicaría a un pasaje difícil, antes de decirme que tiene respeto, no miedo, porque el miedo nubla la razón mientras que el respeto, sostiene, la afina.

Para un hombre que dedicó la existencia entera a conciliar razón y fe, la enfermedad no llega como una contradicción más que resolver, sino como la prueba última de un trabajo ya hecho de antemano.

Le explico el tratamiento que podemos ofrecerle, y me escucha con la misma atención reposada con que imagino que escuchaba leer, hace ochocientos años, un manuscrito difícil: sin interrumpir, dejando que cada palabra encuentre su lugar antes de pasar a la siguiente.

Me confiesa, ya avanzada la conversación, que algunos llamarían a lo que le ocurre voluntad de Dios, y otros, naturaleza siguiendo su curso, y que él, fiel a sí mismo hasta el final, sostiene que ambos están señalando, desde ventanas distintas, exactamente lo mismo.

«No hace falta elegir. Caben los dos.»

En ese momento, sin saber muy bien por qué, señalo el rincón de la estantería donde conviven los tratados de medicina y el crucifijo pequeño.

Lo mira un instante largo, y algo en su gesto se afloja, como quien reconoce en un paisaje ajeno algo que lleva toda la vida buscando.

—Eso, Dr. De la Haba —me dice en voz baja— es exactamente lo que intenté explicar durante cuarenta años. Que no hace falta elegir. Que caben los dos.

Le pregunto si encuentra sentido al sufrimiento que se le viene encima o si simplemente piensa soportarlo, y me corrige con suavidad, como quien enmienda con cariño una pregunta mal planteada:

Buscar sentido y aprender a soportar no son tareas distintas; son la misma tarea, vista solamente con luz diferente.

Hablamos también, porque la conversación lo exige, de lo que significa para él entrar en la etapa final de su vida.

Me dice que ha pasado años explicando a quienes creían que la fe y la razón no podían sentarse jamás a la misma mesa, y que ahora le toca sentarse él mismo entre la razón que entiende perfectamente lo que le estoy contando y la fe que no necesita entenderlo todo para aceptarlo igualmente.

Le pregunto si eso le da paz, y lo piensa de verdad, con la misma calma con que sopesaba siempre las cuestiones que consideraba importantes, antes de responderme que paz, no lo sabe con certeza, pero que sí le da coherencia, y que a estas alturas de su vida, para él, ambas cosas vienen a ser casi lo mismo.

La verdad no teme a las preguntas; solo teme al silencio que las evita.

Antes de marcharse, se detiene un momento junto a la estantería, mira el crucifijo y los libros una vez más, y me deja una idea casi a modo de comentario al margen de su propia historia, que os regalo tal como él me la regaló a mí:

Que la verdad no teme a la pregunta, sino que solo teme al silencio que la evita.

Sale de mi consulta con el mismo paso reposado con que entró.

Y yo, Juan de la Haba, me quedo mirando ese rincón de la estantería que lleva años ahí sin que yo lo viera de verdad, pensando que a veces hace falta que venga alguien nacido a orillas del Guadalquivir, hace novecientos años, a enseñarte lo que tienes delante.

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