Os lo confieso sin rodeos: hay pacientes que llegan a mi consulta con un diagnóstico grave y una calma que desafía cualquier pronóstico, y hay pacientes que llegan con una lesión perfectamente tratable y el peso del universo sobre los hombros.
Aristóteles, sin lugar a dudas, pertenece a la segunda categoría, y os lo digo con todo el afecto del mundo, porque en el fondo lo entiendo perfectamente.
Lo detectamos a tiempo, y cuando digo a tiempo me refiero a una precocidad que haría sonrojar de orgullo a cualquier programa de cribado dermatológico del país.
Un melanoma en estadio inicial, sin extensión alguna, sin afectación ganglionar, sin nada que justifique la menor alarma más allá de una intervención quirúrgica sencilla y un seguimiento rutinario.
El pronóstico, si hubiera que ponerle número, roza la curación completa con una comodidad estadística que pocas enfermedades pueden permitirse.
Os preguntaréis, con razón, qué hace entonces este hombre en mi consulta de oncología con ese gesto de quien acaba de descubrir que el mundo tiene los días contados.
«Aristóteles no puede encontrarse con algo que no entiende sin antes buscar su causa.»
La respuesta es sencilla: es Aristóteles, y Aristóteles no puede, sencillamente no puede, encontrarse con algo que no entiende del todo sin antes haberle buscado la causa, el origen, el propósito y la forma.
Y un melanoma, por pequeño que sea, le ha plantado en medio de la frente la pregunta que lleva toda la vida intentando responder sobre todo lo demás:
¿Por qué?
La necesidad de comprender
Me explica, con una seriedad inversamente proporcional a la gravedad clínica de su situación, que necesita saber qué originó exactamente esta lesión, qué fallo se produjo en qué célula exacta, en qué momento preciso y por qué en esa zona de la piel y no en cualquier otra.
Le explico, con la paciencia que dan los años, que la ciencia puede responder a algunas de esas preguntas pero no a todas, que la biología celular tiene sus límites igual que cualquier otra disciplina, y que en su caso concreto lo verdaderamente relevante es que la lesión está extirpada y el pronóstico es excelente.
Me mira como si le hubiera dicho que la tierra es plana.
—Toda causa tiene una causa, Dr. De la Haba —me dice—, y si no la encontramos es que no hemos buscado lo suficiente.
Le respondo, con toda la amabilidad de que soy capaz, que en su caso la causa más relevante que hemos encontrado es que se revisó la piel a tiempo, y que eso, precisamente, es lo que le ha salvado de una conversación mucho más seria que esta.
Se queda pensativo.
Lo anota en su cuaderno.
«Porque tiene un cuaderno, naturalmente. Y lo usa.»
Durante las semanas siguientes al procedimiento, Aristóteles despliega una actividad investigadora sobre su propio caso que, os lo aseguro, habría merecido al menos una publicación en una revista de impacto.
Interroga a las enfermeras sobre los mecanismos moleculares de la melanogénesis, compara su caso con estadísticas que ha buscado por su cuenta en bases de datos que no estoy seguro de haber consultado yo mismo, y llega a una cita de seguimiento con un diagrama dibujado a mano en el que ha intentado representar, con flechas y anotaciones, la cadena causal que a su juicio condujo inevitablemente a su diagnóstico.
Le pregunto si ha dormido bien últimamente.
Me responde que regular, porque sigue sin encontrar la causa última.
Le recuerdo, con suavidad, que su melanoma está extirpado, que los márgenes son limpios, que no hay nada que tratar y que el seguimiento es puro protocolo.
Me mira como si eso no viniera exactamente al caso.
«Seguía buscando la causa de una enfermedad que ya no tenía.»
El momento del giro llega, y llega de la manera más inesperada, en mitad de una explicación suya sobre la teoría aristotélica de las cuatro causas aplicada a su propio proceso oncológico —causa material, causa formal, causa eficiente, causa final—, cuando de pronto se detiene a mitad de frase, mira el cuaderno, me mira a mí, mira de nuevo el cuaderno, y suelta una carcajada breve y genuina que llena la consulta de una manera que no estaba prevista en ninguno de sus esquemas.
—Dr. De la Haba —me dice, con una sonrisa que le cambia la cara entera—, acabo de darme cuenta de que llevo tres semanas buscando el sentido de una enfermedad que ya no tengo.
Lo digo yo, que escribí que la sabiduría empieza por reconocer los propios límites.
La ironía, añade, no se me escapa.
«Quizás la causa final no era explicar la enfermedad, sino dejar de necesitar una explicación para todo.»
Le digo que bienvenido al club, que es el club más concurrido de esta sala de espera, y que la mayoría de sus socios llegan exactamente igual, buscando una explicación a algo que el cuerpo hizo por su cuenta sin pedir permiso ni dar motivos.
Se ríe de nuevo, ya más relajado, y me confiesa que quizás la causa final de todo este proceso no era encontrar el origen del melanoma, sino descubrir que hay preguntas a las que la vida no responde con argumentos sino con cicatrices pequeñas que sanan bien y te dejan, si tienes suerte, un poco más sabio que antes.
Antes de irse, cierra el cuaderno —cosa que en él equivale casi a un acto solemne—, y me dice que va a tomarse unos días sin buscar causas a nada, que le parece un experimento razonable.
Le digo que me parece una idea excelente.
Me responde que ya veremos, que no promete nada, y sale de mi consulta con el paso de quien, por primera vez en mucho tiempo, está dispuesto a caminar sin saber exactamente adónde le llevan los pies.
«Algunas preguntas no tienen respuesta, y eso no es una derrota.»
Y yo me quedo un momento sentado, con el cuaderno de Aristóteles todavía en la mesa, pensando que en veinte años de consulta pocas veces he visto a alguien curar tan bien de algo tan leve con tanto esfuerzo filosófico de por medio.
Y que, en el fondo, no le falta razón: a todos nos cuesta un poco aceptar que algunas preguntas no tienen respuesta, y que eso, lejos de ser una derrota, es simplemente la condición de estar vivos.


