Seguro que os parece increíble pero llevo quince minutos sin poder llamar a mi siguiente paciente a consulta, porque no se está quieto.

Sócrates de Atenas, que según cuentan nació hacia el año 470 antes de Cristo, hijo de un cantero y una comadrona, y que no escribió jamás una sola línea —todo lo que sabemos de él nos llega de segunda mano, principalmente de su discípulo Platón, lo cual ya dice algo sobre el desapego de este hombre hacia su propia gloria—, ha decidido que la sala de espera de mi hospital es, esta mañana, una pequeña Atenas.

Le ha preguntado a la señora de al lado si cree que el cuerpo y el alma son la misma cosa o dos cosas bien distintas, y ella, que esperaba resignada su turno con la mirada perdida en el suelo, se ha visto obligada a pensar la respuesta en voz alta, descubriendo, para su propia sorpresa, que disfrutaba haciéndolo.

Luego se ha vuelto hacia Carmen, la auxiliar que de manera apresurada iba de un lado a otro, y le ha preguntado si cree que cura más el medicamento o la palabra del médico que lo prescribe, y esta, que ya tiene tablas, le ha murmurado algo sobre la evidencia científica, a lo que él ha insistido, sin maldad alguna:

¿Pero tú lo crees, o simplemente lo repites?

No me negarán que hacía falta atrevimiento, o quizá una ingenuidad muy sabia, para sembrar tanta inquietud en una sala llena de gente que solo quería esperar su turno en paz.

Y sin embargo, algo en esa sala había cambiado: la señora que miraba el suelo ahora miraba hacia arriba, y Carmen se había detenido un instante, con los resultados de unos análisis en la mano, pensando de verdad en su propia respuesta.

Cuando por fin consigo hacerle pasar, no entra como entran los demás. Se queda un instante de pie, examinando la consulta como quien examina un territorio nuevo que merece respeto antes de ser ocupado, y me dice, no a modo de pregunta sino de constatación:

Así que aquí es donde todo ocurre.

Se sienta por fin, y antes de que yo pueda abrir en Diraya su historia, me pregunta si creo que el miedo a la enfermedad y la enfermedad misma son la misma cosa.

Giro mi cabeza, que estaba pegada a la pantalla diabólica, y le respondo que no, que son cosas bien distintas; que se puede padecer una sin la otra.

Él sonríe, satisfecho, como si yo hubiera confirmado algo que ya sospechaba desde mucho antes de entrar.

Entonces empecemos por ahí —me dice—. Dígame primero qué hay en mi cuerpo, que ya después decidiremos juntos cuánto miedo le corresponde.

Os aseguro que en veinte años de consulta nadie me había pedido las cosas en ese orden.

Y ese simple reencuadre —primero el dato, luego el miedo que le toca— me pareció uno de los consejos más prácticos que he recibido jamás sobre cómo recibir una mala noticia.

Le explico los resultados con la mayor claridad de que soy capaz —una condena que no admite apelación, escribo en mis notas, aunque a él, fiel a su talante, prefiero llamarle diagnóstico—.

Me escucha sin interrumpir, cosa que en él, según descubro, equivale casi a un milagro.

Y cuando termino, en lugar de preguntarme por pronósticos o porcentajes, me pregunta algo que no esperaba:

¿Qué pensó usted la primera vez que tuvo que pronunciar estas mismas palabras ante otro paciente?

Le respondo con honestidad que aquella primera vez no fui capaz ni de mirarlo a los ojos.

Asiente, satisfecho, como un maestro que ve confirmada una intuición largamente acariciada.

Y aquí, permitidme el inciso, está uno de los conceptos que Sócrates practicó toda su vida y que en esta consulta cobró un sentido nuevo.

La mayéutica.

Ese arte de hacer preguntas que ayudan al otro a encontrar, por sí mismo, lo que ya sabe pero todavía no se ha atrevido a decirse.

No es un método de interrogatorio, sino de acompañamiento.

Y os aseguro que en una consulta de oncología, en una habitación de hospital, en torno a una cama, esa capacidad de preguntar bien vale más que cualquier protocolo de comunicación que haya aprendido en mi vida.

Hablamos después de lo que viene por delante, de ese tiempo —llamémosle tratamiento, llamémosle prórroga, llamémosle lo que cada uno prefiera— en el que el cuerpo se va debilitando despacio mientras la mente, si se la deja, puede seguir trabajando hasta el último aliento.

Y aquí Sócrates se permite la pregunta que de verdad le interesa, que es, según confiesa, la única que ha querido hacerse toda su vida:

¿Qué es exactamente lo que voy a tener que examinar en mí mismo a partir de hoy?

Le digo que eso solo puede contestármelo él.

Entonces me cuenta, con esa calma que ya empieza a resultarme contagiosa, que él siempre sostuvo que una vida que no se examina no merece ser vivida, y que ahora, frente a la propia muerte, le toca examinar precisamente eso: si fue coherente con lo que enseñó, si vivió como predicó, si la filosofía que entregó a sus discípulos vale también, sin descuento alguno, para el que la enseñó.

Permitidme que me detenga aquí un momento.

Porque esta idea —la vida examinada— no es solo una máxima filosófica para académicos.

Es algo que veo en mi consulta cada semana.

Hay pacientes que llegan a la enfermedad habiendo vivido muy de cerca sus propias decisiones, conociendo sus propias razones, y hay quienes llegan sin haberse preguntado casi nada sobre sí mismos.

Y la diferencia, os lo aseguro, no está en quién lo pasa mejor o peor, sino en quién encuentra antes el hilo del que tirar para seguir siendo uno mismo hasta el final.

Os digo que en este punto de la conversación se produjo algo que pocas veces he vivido en mi consulta.

Sócrates empieza a interrogarme a mí sobre el sentido último de mi profesión, sobre si creo que cura más el saber del médico o el acompañamiento que le ofrece al enfermo, y yo, sin darme cuenta, termino respondiéndole con más franqueza de la que suelo permitirme, quizá porque su manera de preguntar no deja sitio para la mentira cómoda.

Me confiesa entonces que no teme a la muerte tanto como temería no haber vivido examinándose, y que si algo le consuela en este trance es saber que ha pasado la vida entera haciéndose, y haciendo a los demás, las preguntas que de verdad importan.

Y aquí está, creo yo, el regalo más práctico que Sócrates puede hacerle a quien acompaña a alguien enfermo.

No hace falta tener respuestas.

No hace falta saber qué decir en los momentos difíciles.

Basta con aprender a preguntar bien.

A preguntar de verdad.

A preguntar sin miedo a lo que el otro pueda responder.

Antes de levantarse, descalzo como siempre —pues nunca ha entendido por qué hay que vestir el cuerpo con más cuidado que el alma—, me mira un último instante con esa expresión suya, mitad inocente, mitad provocadora, y sin decir nada más se va, dejando la puerta entreabierta, como quien sale de una conversación que sabe que no ha terminado del todo.

Y tiene razón.

No ha terminado.

Porque lo que Sócrates ha dejado en esta consulta no es una frase para enmarcar ni una cita para recordar, sino algo bastante más incómodo y bastante más valioso:

La pregunta.

La pregunta sobre si estamos viviendo de verdad lo que decimos que importa.

Si estamos acompañando de verdad a quien lo necesita.

Si estamos presentes de verdad cuando alguien nos necesita presente.

Me quedo un momento quieto antes de llamar al siguiente paciente, y me doy cuenta de que esta mañana, sin pedírselo, un hombre descalzo y sin historia clínica propia me ha pasado la consulta a mí.

Seguro que os parece increíble pero llevo quince minutos sin poder llamar a mi siguiente paciente a consulta, porque no se está quieto.

Sócrates de Atenas, que según cuentan nació hacia el año 470 antes de Cristo, hijo de un cantero y una comadrona, y que no escribió jamás una sola línea —todo lo que sabemos de él nos llega de segunda mano, principalmente de su discípulo Platón, lo cual ya dice algo sobre el desapego de este hombre hacia su propia gloria—, ha decidido que la sala de espera de mi hospital es, esta mañana, una pequeña Atenas.

Le ha preguntado a la señora de al lado si cree que el cuerpo y el alma son la misma cosa o dos cosas bien distintas, y ella, que esperaba resignada su turno con la mirada perdida en el suelo, se ha visto obligada a pensar la respuesta en voz alta, descubriendo, para su propia sorpresa, que disfrutaba haciéndolo.

Luego se ha vuelto hacia Carmen, la auxiliar que de manera apresurada iba de un lado a otro, y le ha preguntado si cree que cura más el medicamento o la palabra del médico que lo prescribe, y esta, que ya tiene tablas, le ha murmurado algo sobre la evidencia científica, a lo que él ha insistido, sin maldad alguna:

¿Pero tú lo crees, o simplemente lo repites?

No me negarán que hacía falta atrevimiento, o quizá una ingenuidad muy sabia, para sembrar tanta inquietud en una sala llena de gente que solo quería esperar su turno en paz.

Y sin embargo, algo en esa sala había cambiado: la señora que miraba el suelo ahora miraba hacia arriba, y Carmen se había detenido un instante, con los resultados de unos análisis en la mano, pensando de verdad en su propia respuesta.

Cuando por fin consigo hacerle pasar, no entra como entran los demás. Se queda un instante de pie, examinando la consulta como quien examina un territorio nuevo que merece respeto antes de ser ocupado, y me dice, no a modo de pregunta sino de constatación:

Así que aquí es donde todo ocurre.

Se sienta por fin, y antes de que yo pueda abrir en Diraya su historia, me pregunta si creo que el miedo a la enfermedad y la enfermedad misma son la misma cosa.

Giro mi cabeza, que estaba pegada a la pantalla diabólica, y le respondo que no, que son cosas bien distintas; que se puede padecer una sin la otra.

Él sonríe, satisfecho, como si yo hubiera confirmado algo que ya sospechaba desde mucho antes de entrar.

Entonces empecemos por ahí —me dice—. Dígame primero qué hay en mi cuerpo, que ya después decidiremos juntos cuánto miedo le corresponde.

Os aseguro que en veinte años de consulta nadie me había pedido las cosas en ese orden.

Y ese simple reencuadre —primero el dato, luego el miedo que le toca— me pareció uno de los consejos más prácticos que he recibido jamás sobre cómo recibir una mala noticia.

Le explico los resultados con la mayor claridad de que soy capaz —una condena que no admite apelación, escribo en mis notas, aunque a él, fiel a su talante, prefiero llamarle diagnóstico—.

Me escucha sin interrumpir, cosa que en él, según descubro, equivale casi a un milagro.

Y cuando termino, en lugar de preguntarme por pronósticos o porcentajes, me pregunta algo que no esperaba:

¿Qué pensó usted la primera vez que tuvo que pronunciar estas mismas palabras ante otro paciente?

Le respondo con honestidad que aquella primera vez no fui capaz ni de mirarlo a los ojos.

Asiente, satisfecho, como un maestro que ve confirmada una intuición largamente acariciada.

La mayéutica

Y aquí, permitidme el inciso, está uno de los conceptos que Sócrates practicó toda su vida y que en esta consulta cobró un sentido nuevo.

Ese arte de hacer preguntas que ayudan al otro a encontrar, por sí mismo, lo que ya sabe pero todavía no se ha atrevido a decirse.

No es un método de interrogatorio, sino de acompañamiento.

Y os aseguro que en una consulta de oncología, en una habitación de hospital, en torno a una cama, esa capacidad de preguntar bien vale más que cualquier protocolo de comunicación que haya aprendido en mi vida.

Hablamos después de lo que viene por delante, de ese tiempo —llamémosle tratamiento, llamémosle prórroga, llamémosle lo que cada uno prefiera— en el que el cuerpo se va debilitando despacio mientras la mente, si se la deja, puede seguir trabajando hasta el último aliento.

Y aquí Sócrates se permite la pregunta que de verdad le interesa, que es, según confiesa, la única que ha querido hacerse toda su vida:

¿Qué es exactamente lo que voy a tener que examinar en mí mismo a partir de hoy?

Le digo que eso solo puede contestármelo él.

Entonces me cuenta, con esa calma que ya empieza a resultarme contagiosa, que él siempre sostuvo que una vida que no se examina no merece ser vivida, y que ahora, frente a la propia muerte, le toca examinar precisamente eso: si fue coherente con lo que enseñó, si vivió como predicó, si la filosofía que entregó a sus discípulos vale también, sin descuento alguno, para el que la enseñó.

Permitidme que me detenga aquí un momento.

Porque esta idea —la vida examinada— no es solo una máxima filosófica para académicos.

Es algo que veo en mi consulta cada semana.

Hay pacientes que llegan a la enfermedad habiendo vivido muy de cerca sus propias decisiones, conociendo sus propias razones, y hay quienes llegan sin haberse preguntado casi nada sobre sí mismos.

Y la diferencia, os lo aseguro, no está en quién lo pasa mejor o peor, sino en quién encuentra antes el hilo del que tirar para seguir siendo uno mismo hasta el final.

Os digo que en este punto de la conversación se produjo algo que pocas veces he vivido en mi consulta.

Sócrates empieza a interrogarme a mí sobre el sentido último de mi profesión, sobre si creo que cura más el saber del médico o el acompañamiento que le ofrece al enfermo, y yo, sin darme cuenta, termino respondiéndole con más franqueza de la que suelo permitirme, quizá porque su manera de preguntar no deja sitio para la mentira cómoda.

Me confiesa entonces que no teme a la muerte tanto como temería no haber vivido examinándose, y que si algo le consuela en este trance es saber que ha pasado la vida entera haciéndose, y haciendo a los demás, las preguntas que de verdad importan.

Y aquí está, creo yo, el regalo más práctico que Sócrates puede hacerle a quien acompaña a alguien enfermo.

No hace falta tener respuestas.

No hace falta saber qué decir en los momentos difíciles.

Basta con aprender a preguntar bien.

A preguntar de verdad.

A preguntar sin miedo a lo que el otro pueda responder.

Antes de levantarse, descalzo como siempre —pues nunca ha entendido por qué hay que vestir el cuerpo con más cuidado que el alma—, me mira un último instante con esa expresión suya, mitad inocente, mitad provocadora, y sin decir nada más se va, dejando la puerta entreabierta, como quien sale de una conversación que sabe que no ha terminado del todo.

Y tiene razón.

No ha terminado.

Porque lo que Sócrates ha dejado en esta consulta no es una frase para enmarcar ni una cita para recordar, sino algo bastante más incómodo y bastante más valioso:

La pregunta.

La pregunta sobre si estamos viviendo de verdad lo que decimos que importa.

Si estamos acompañando de verdad a quien lo necesita.

Si estamos presentes de verdad cuando alguien nos necesita presente.

Me quedo un momento quieto antes de llamar al siguiente paciente, y me doy cuenta de que esta mañana, sin pedírselo, un hombre descalzo y sin historia clínica propia me ha pasado la consulta a mí.

SÍGUENOS A TRAVES DE REDES SOCIALES

FACEBOOK
FACEBOOK
INSTAGRAM
YOUTUBE