Permitidme deciros que, cuando la semana pasada Sócrates se fue de mi consulta dejando la puerta entreabierta y la pregunta en el aire, no pude evitar pensar en el hombre que, siglos atrás, recogió esa misma pregunta del suelo y la convirtió en literatura.

Porque todo lo que sabemos de Sócrates —su ironía, su descalcez, su manera de interrogar sin descanso— nos llega a través de los ojos de un joven que lo admiró, lo vio morir condenado injustamente y decidió que esa muerte no podía quedar sin testimonio.

Ese joven escribió la Apología, el texto en que Sócrates se defiende ante sus jueces sin ceder un solo milímetro de lo que fue, sin implorar clemencia, sin renunciar a las preguntas que tanto incomodaban a quienes tenían el poder de condenarlo.

Hay una frase en ese texto que no me ha abandonado desde la semana pasada, y que os ofrezco aquí porque creo que vale tanto para quien enferma como para quien acompaña: que el mayor mal no es morir, sino morir habiendo traicionado lo que uno es.

Sócrates lo dijo. Platón lo escribió.

Y hoy, permitidme la coincidencia que la vida a veces regala, es Platón quien ocupa la silla de mi sala de espera.

Platón nació en Atenas hacia el año 427 antes de Cristo, en una familia noble, y tras la muerte de su maestro dedicó la existencia entera a escribir y a fundar su propia escuela, la Academia, donde se formarían generaciones enteras de pensadores, entre ellos Aristóteles.

Su idea más conocida sostiene que existe un mundo de Ideas, y que todo lo que vemos a nuestro alrededor —las mesas, los árboles, los cuerpos, incluso nosotros mismos— no son sino copias imperfectas, sombras, de algo más perfecto que habita en otro plano de la realidad.

«Todo lo que vemos no son más que sombras de algo más verdadero.»

Lo contó con una imagen que se hizo célebre, la de unos prisioneros encadenados en el fondo de una cueva, mirando solamente sombras proyectadas sobre una pared, sin saber que afuera, mucho más allá, los espera la luz verdadera.

Para Platón el cuerpo era precisamente eso, una cárcel temporal del alma, y murió en Atenas hacia el año 347 antes de Cristo, ya anciano, rodeado de discípulos que llorarían su pérdida durante años.

Hoy lo tengo sentado en mi sala de espera con una calma que no parece fingida en absoluto, mirando a su alrededor con una curiosidad serena, casi como si esta misma sala fuera, también ella, una sombra más de algo mucho más grande que la contiene.

Le explico que tiene un cáncer de próstata, de evolución generalmente lenta, con tiempo por delante y opciones razonables, aunque conviene no demorar el inicio del tratamiento.

Platón asiente, tranquilo, casi como quien escucha una noticia sobre el tiempo que hará esta tarde.

El cuerpo siempre acaba fallando, me dice, es su naturaleza, y yo nunca esperé de él otra cosa distinta.

Le pregunto si eso le facilita recibir la noticia, y sonríe, con una calma que me resulta al mismo tiempo admirable e inquietante, y me responde que sí, que le resulta más fácil, pero no porque no le importe, sino porque siempre supo que esta sombra, este cuerpo suyo, no era lo más importante de quien él era de verdad.

Le insisto, sin embargo, en que el tratamiento sí importa, en que cuidar este cuerpo, por sombra que él prefiera considerarlo, es la única forma que tenemos de seguir aquí, presentes, mientras se pueda.

Me escucha con atención, y por primera vez en toda la conversación parece dudar levemente de su propia certeza.

«Quizás incluso una sombra merece ser cuidada.»

—Quizás tenga usted razón —me dice—. Quizás incluso una sombra merece ser cuidada, si es la única forma que tenemos de seguir viendo la luz mientras estamos todavía aquí.

La Caverna

Permitidme detenerme aquí un momento.

Porque el célebre mito de la caverna nunca habló únicamente de filosofía.

Habla de la diferencia entre lo que creemos ver y lo que realmente es.

Habla de la dificultad de abandonar nuestras certezas para descubrir una verdad más profunda.

Y, sentado frente a Platón, no puedo evitar pensar que la enfermedad hace exactamente eso.

Nos obliga a salir de la caverna.

Nos enfrenta con el cuerpo, con el tiempo y con la fragilidad.

Y, a veces, nos enseña que aquello que considerábamos secundario termina siendo precisamente lo más importante.

Durante el tratamiento, Platón se muestra colaborador, casi distante de su propio malestar, hablando de su cuerpo como quien habla de un objeto que le resultara ajeno:

—Hoy la sombra está más cansada.

En vez de decir, sencillamente:

—Hoy estoy más cansado.

Al principio pienso que se trata de una forma sutil de negar lo que siente, pero con el tiempo entiendo que es, más bien, su manera particular de sobrellevarlo.

«Hoy la sombra está más cansada.»

Sin embargo, hay momentos en que esa distancia cuidadosamente construida se rompe del todo.

—Duele —me confiesa un día, después de una sesión especialmente dura—, y por mucho que yo diga que el cuerpo es solo una sombra, esta sombra duele de verdad, doctor; duele como si fuera lo único real que tengo.

Le pregunto si eso contradice lo que pensó toda su vida, y lo medita con calma antes de responder.

«El dolor no respeta esa separación tan cuidada.»

—No lo contradice —me dice—. Lo completa. Quizás me equivoqué en una sola cosa: pensé que separar el alma del cuerpo me ayudaría a sufrir menos, pero el dolor no respeta esa separación tan cuidada. Llega igual, hable yo de sombras o no.

Hablamos también, inevitablemente, de la última etapa que ahora se le abre por delante.

—La sombra se apaga, entonces —me dice tras un silencio largo, cuando le explico que la enfermedad ha avanzado más de lo esperado y que ya no hay tratamiento capaz de detenerla.

Pero añade enseguida algo que no había dicho hasta entonces:

—Y por primera vez no estoy del todo seguro de que sea solo una sombra la que se apaga.

Le pregunto qué quiere decir exactamente con eso, y tarda en responder.

Pasé la vida diciendo que el cuerpo no era lo importante, que el alma vivía en otro lugar más real y más perfecto —me dice por fin—, y ahora, frente al final, ya no sé si esa separación era tan clara como yo mismo creía; quizás el alma y el cuerpo no habitan mundos distintos, quizás son solo la misma luz, vista de cerca y vista de lejos.

Le pregunto si eso le asusta menos o más que antes, y sonríe, con la misma calma del primer día, aunque ahora más humana, menos teórica.

«También quiero quedarme, un poco más, en este mundo imperfecto.»

—Me asusta lo mismo —me dice—, pero me consuela de otra manera, porque ya no espero solamente volver a un mundo de Ideas perfecto; también quiero quedarme, un poco más, en este mundo imperfecto que tanto critiqué en vida.

Antes de irse, se queda mirando un instante por la ventana de la consulta, hacia la luz de fuera, y no dice ya nada más.

Solo mira.

Como si por primera vez no le importara distinguir la sombra de la luz verdadera, sino, simplemente, disfrutar de ambas mientras todavía puede.

Y yo me quedo pensando en aquel joven que escribió que el mayor mal no es morir sino traicionarse, y en cómo su maestro y él, cada uno a su manera, eligieron hasta el final no traicionarse.

Eso, os lo aseguro, también se aprende en una sala de espera.

Permitidme deciros que, cuando la semana pasada Sócrates se fue de mi consulta dejando la puerta entreabierta y la pregunta en el aire, no pude evitar pensar en el hombre que, siglos atrás, recogió esa misma pregunta del suelo y la convirtió en literatura.

Porque todo lo que sabemos de Sócrates —su ironía, su descalcez, su manera de interrogar sin descanso— nos llega a través de los ojos de un joven que lo admiró, lo vio morir condenado injustamente y decidió que esa muerte no podía quedar sin testimonio.

Ese joven escribió la Apología, el texto en que Sócrates se defiende ante sus jueces sin ceder un solo milímetro de lo que fue, sin implorar clemencia, sin renunciar a las preguntas que tanto incomodaban a quienes tenían el poder de condenarlo.

Hay una frase en ese texto que no me ha abandonado desde la semana pasada, y que os ofrezco aquí porque creo que vale tanto para quien enferma como para quien acompaña: que el mayor mal no es morir, sino morir habiendo traicionado lo que uno es.

Sócrates lo dijo. Platón lo escribió.

Y hoy, permitidme la coincidencia que la vida a veces regala, es Platón quien ocupa la silla de mi sala de espera.

Platón nació en Atenas hacia el año 427 antes de Cristo, en una familia noble, y tras la muerte de su maestro dedicó la existencia entera a escribir y a fundar su propia escuela, la Academia, donde se formarían generaciones enteras de pensadores, entre ellos Aristóteles.

Su idea más conocida sostiene que existe un mundo de Ideas, y que todo lo que vemos a nuestro alrededor —las mesas, los árboles, los cuerpos, incluso nosotros mismos— no son sino copias imperfectas, sombras, de algo más perfecto que habita en otro plano de la realidad.

«Todo lo que vemos no son más que sombras de algo más verdadero.»

Lo contó con una imagen que se hizo célebre, la de unos prisioneros encadenados en el fondo de una cueva, mirando solamente sombras proyectadas sobre una pared, sin saber que afuera, mucho más allá, los espera la luz verdadera.

Para Platón el cuerpo era precisamente eso, una cárcel temporal del alma, y murió en Atenas hacia el año 347 antes de Cristo, ya anciano, rodeado de discípulos que llorarían su pérdida durante años.

Hoy lo tengo sentado en mi sala de espera con una calma que no parece fingida en absoluto, mirando a su alrededor con una curiosidad serena, casi como si esta misma sala fuera, también ella, una sombra más de algo mucho más grande que la contiene.

Le explico que tiene un cáncer de próstata, de evolución generalmente lenta, con tiempo por delante y opciones razonables, aunque conviene no demorar el inicio del tratamiento.

Platón asiente, tranquilo, casi como quien escucha una noticia sobre el tiempo que hará esta tarde.

El cuerpo siempre acaba fallando, me dice, es su naturaleza, y yo nunca esperé de él otra cosa distinta.

Le pregunto si eso le facilita recibir la noticia, y sonríe, con una calma que me resulta al mismo tiempo admirable e inquietante, y me responde que sí, que le resulta más fácil, pero no porque no le importe, sino porque siempre supo que esta sombra, este cuerpo suyo, no era lo más importante de quien él era de verdad.

Le insisto, sin embargo, en que el tratamiento sí importa, en que cuidar este cuerpo, por sombra que él prefiera considerarlo, es la única forma que tenemos de seguir aquí, presentes, mientras se pueda.

Me escucha con atención, y por primera vez en toda la conversación parece dudar levemente de su propia certeza.

«Quizás incluso una sombra merece ser cuidada.»

—Quizás tenga usted razón —me dice—. Quizás incluso una sombra merece ser cuidada, si es la única forma que tenemos de seguir viendo la luz mientras estamos todavía aquí.

La Caverna

Permitidme detenerme aquí un momento.

Porque el célebre mito de la caverna nunca habló únicamente de filosofía.

Habla de la diferencia entre lo que creemos ver y lo que realmente es.

Habla de la dificultad de abandonar nuestras certezas para descubrir una verdad más profunda.

Y, sentado frente a Platón, no puedo evitar pensar que la enfermedad hace exactamente eso.

Nos obliga a salir de la caverna.

Nos enfrenta con el cuerpo, con el tiempo y con la fragilidad.

Y, a veces, nos enseña que aquello que considerábamos secundario termina siendo precisamente lo más importante.

Durante el tratamiento, Platón se muestra colaborador, casi distante de su propio malestar, hablando de su cuerpo como quien habla de un objeto que le resultara ajeno:

—Hoy la sombra está más cansada.

En vez de decir, sencillamente:

—Hoy estoy más cansado.

Al principio pienso que se trata de una forma sutil de negar lo que siente, pero con el tiempo entiendo que es, más bien, su manera particular de sobrellevarlo.

«Hoy la sombra está más cansada.»

Sin embargo, hay momentos en que esa distancia cuidadosamente construida se rompe del todo.

—Duele —me confiesa un día, después de una sesión especialmente dura—, y por mucho que yo diga que el cuerpo es solo una sombra, esta sombra duele de verdad, doctor; duele como si fuera lo único real que tengo.

Le pregunto si eso contradice lo que pensó toda su vida, y lo medita con calma antes de responder.

«El dolor no respeta esa separación tan cuidada.»

—No lo contradice —me dice—. Lo completa. Quizás me equivoqué en una sola cosa: pensé que separar el alma del cuerpo me ayudaría a sufrir menos, pero el dolor no respeta esa separación tan cuidada. Llega igual, hable yo de sombras o no.

Hablamos también, inevitablemente, de la última etapa que ahora se le abre por delante.

—La sombra se apaga, entonces —me dice tras un silencio largo, cuando le explico que la enfermedad ha avanzado más de lo esperado y que ya no hay tratamiento capaz de detenerla.

Pero añade enseguida algo que no había dicho hasta entonces:

—Y por primera vez no estoy del todo seguro de que sea solo una sombra la que se apaga.

Le pregunto qué quiere decir exactamente con eso, y tarda en responder.

Pasé la vida diciendo que el cuerpo no era lo importante, que el alma vivía en otro lugar más real y más perfecto —me dice por fin—, y ahora, frente al final, ya no sé si esa separación era tan clara como yo mismo creía; quizás el alma y el cuerpo no habitan mundos distintos, quizás son solo la misma luz, vista de cerca y vista de lejos.

Le pregunto si eso le asusta menos o más que antes, y sonríe, con la misma calma del primer día, aunque ahora más humana, menos teórica.

«También quiero quedarme, un poco más, en este mundo imperfecto.»

—Me asusta lo mismo —me dice—, pero me consuela de otra manera, porque ya no espero solamente volver a un mundo de Ideas perfecto; también quiero quedarme, un poco más, en este mundo imperfecto que tanto critiqué en vida.

Antes de irse, se queda mirando un instante por la ventana de la consulta, hacia la luz de fuera, y no dice ya nada más.

Solo mira.

Como si por primera vez no le importara distinguir la sombra de la luz verdadera, sino, simplemente, disfrutar de ambas mientras todavía puede.

Y yo me quedo pensando en aquel joven que escribió que el mayor mal no es morir sino traicionarse, y en cómo su maestro y él, cada uno a su manera, eligieron hasta el final no traicionarse.

Eso, os lo aseguro, también se aprende en una sala de espera.

SÍGUENOS A TRAVES DE REDES SOCIALES

FACEBOOK
FACEBOOK
INSTAGRAM
YOUTUBE