Una confidencia antes de empezar: pocos pacientes me han desarmado tanto como el que hoy ocupa esta silla.
Se llama Lucio Anneo Séneca, cordobés —nacido poco antes de Cristo, en el seno de una familia “de bien”— con unos antecedentes clínico de niño enfermo, los pulmones lo traicionaron. Una tos seca y persistente, lo que los médicos de su tiempo llamaban tisis, lo acompañó como una sombra fiel durante toda su existencia, hasta el punto de que él mismo me confeso haber pensado que iba a morir en más de una ocasión. Y no me negaréis que hay algo profundamente humano en que fuera precisamente esa cercanía con la propia fragilidad la que lo empujara a pensar en serio..
Hoy lo tengo sentado en la sala de espera, al pasar lo he visto y viene con un TAC en la mano. No lo ha abierto, pero —y esto os lo digo con la certeza de quien lleva años leyendo rostros antes que informes— sabe perfectamente lo que hay dentro.
Lo llamo, entra, se sienta y no espera a que yo hable. Me dice, sin preámbulo alguno, que ya lo sabe. Le pregunto qué es exactamente lo que sabe, porque me interesa que sea él, y no yo, quien le ponga nombre a la sospecha, y me responde que esa tos de toda la vida ha encontrado, por fin, un nombre peor. Asiento, y se lo confirmo de la mejor manera que puedo: cáncer de pulmón, ya extendido, sin opción real de tratamiento curativo.
Se queda en silencio un instante que se me hizo eterno. Luego comienza a hablar despacio, como quien trata de ordenar las palabras antes de soltarlas al aire: toda su vida se preparó para este momento exacto, y ahora descubre, no sin cierta ironía, que no estaba tan preparado como había llegado a creer. Pensar la muerte en el papel y que te la confirmen en una consulta, me explica, son ejercicios radicalmente distintos. El primero lo dominaba como nadie. El segundo lo coge desprevenido, igual que a cualquier hijo de vecino, sin distinción de filósofos ni de emperadores. Os aseguro que esta es, quizá, la lección más sencilla y más dura de cuanto vais a leer hoy: la teoría no vacuna contra el miedo.
La teoría no vacuna contra el miedo.
Le pregunto si eso lo decepciona de sí mismo, y niega con la cabeza, casi con dulzura. Le parece, más bien, profundamente honesto, porque incluso el filósofo mejor armado necesita que la realidad le recuerde, de cuando en cuando, que sigue siendo humano y no una estatua de sus propios libros.
Le explico entonces, con el cuidado que estas conversaciones exigen, las opciones reales que tenemos sobre la mesa: no hay curación posible, pero sí existe un tratamiento capaz de concederle algunos meses más de vida, a cambio, entra dentro de lo posible, de un cuerpo más débil, más medicado, con menos margen para pensar con la lucidez que tanto ha cultivado. Se queda pensativo, sopesando algo que sospecho le rondaba la cabeza desde antes incluso de entrar por esa puerta, y me confiesa que escribió en su día que una vida larga mal vivida vale menos que una vida corta vivida con plenitud. Ahora le toca comprobar, en carne propia, si de verdad creía aquello que escribía o si no eran sino palabras hermosas pensadas para el dolor ajeno.
Le pregunto qué entiende él, en este punto exacto de su vida, por una vida bien vivida. Me contesta que es aquella en la que uno sigue siendo fiel a sí mismo hasta el último aliento: pensando con claridad, eligiendo con cuidado sus palabras, despidiéndose como uno quiere despedirse, y no una vida meramente alargada a costa de robarle precisamente lo que más valor le da. El tiempo, añade con una media sonrisa cansada, nunca fue su verdadero problema; lo fue siempre la calidad de ese tiempo, y un mes vivido con lucidez le parece infinitamente más valioso que cinco meses dormido dentro de su propio cuerpo. Aun así, me pide que se lo explique todo con el máximo detalle posible, porque decidir sin información suficiente no es libertad, es ignorancia con prisa. Dejadme que os subraye esta frase, porque a mí, como médico, esta frase me ha acompañado más de una tarde difícil.
Decidir sin información suficiente no es libertad.
Es ignorancia con prisa.
Hablamos largo y tendido sobre lo que significa entrar en la última etapa de la vida. Le digo, con la honestidad que él mismo me está pidiendo, que en mi experiencia hay un instante preciso en que un diagnóstico deja de ser solamente una enfermedad y se transforma en el anuncio de que la vida ha entrado ya en su tramo final, y que ese cambio de mirada lo transforma casi todo: las prioridades que antes parecían urgentes, las conversaciones que se habían ido postergando, el valor renovado de las cosas pequeñas. Séneca me escucha con una atención que pocas veces he visto en esta consulta, y me dice que resulta curioso, porque él escribió exactamente eso hace dos mil años: que conviene vivir cada día como si fuera el último, sin necesidad alguna de que la medicina venga a confirmarlo. Y que ahora, con la confirmación delante, sobre la mesa, descubre que una cosa es escribirlo como ejercicio del intelecto y otra muy distinta vivirlo de verdad, con el cuerpo y con el miedo por testigos. Me confiesa, casi en voz baja, que siente algo parecido al alivio dentro mismo del miedo, porque ya no hace falta seguir fingiendo que el tiempo es infinito, y eso, paradójicamente, simplifica muchas decisiones que antes se le antojaban complicadísimas.
Hacia el final de la consulta, contra todo pronóstico, es él quien me pregunta a mí cómo llevo yo estas conversaciones, si me pesan sobre los hombros. La pregunta me toma desprevenido, y le respondo con la misma honestidad que le exijo a él: que sí, que pesan, y que uno aprende con los años a cargar con ellas, pero nunca del todo a que dejen de doler. Me mira entonces con algo que sólo puedo describir como gratitud, y me dice que eso es bueno, que un médico que ya no siente nada es tan peligroso como un filósofo que ha dejado de dudar. Le pregunto si él duda todavía, a estas alturas, y me responde que sí, todo el tiempo, pero que ha aprendido algo importante en los pocos minutos que lleva sentado en esta silla: que la valentía verdadera no es la que nunca tiembla, sino la que tiembla y, aun temblando, no huye.
La valentía verdadera
no es la que nunca tiembla,
sino la que tiembla
y, aun temblando, no huye.
Antes de levantarse, saca un papel ya escrito, como quien lo lleva preparado desde casa, y lo deja sobre mi mesa con un gesto casi ceremonial. Son palabras suyas, de sus propias cartas: mientras se pueda, mientras aún seamos nosotros mismos, compartamos con quienes amamos lo que llevamos dentro.
Se va. Y yo me quedo con el papel en la mano, guardándolo el la parte trasera de mi movil. Porque, no me negaréis, hay verdades que se entienden del todo cuando alguien las ha pagado con su propio cuerpo. Séneca pagó la suya hace dos mil años. Hoy, en esta consulta, me la ha vuelto a cobrar a mí.
Hay verdades que solo se entienden del todo
cuando alguien las ha pagado
con su propio cuerpo.


