La superación
No me negarán que hay pacientes que ya desde la sala de espera anuncian lo que va a ser la consulta.
Friedrich Nietzsche nació en Röcken, Alemania, en 1844, hijo de un pastor protestante, y se convirtió con el tiempo en uno de los pensadores más incómodos que ha dado la filosofía moderna: demolió la moral cristiana, proclamó la muerte de Dios y propuso en su lugar una figura que el tiempo se ha encargado de malentender con una constancia admirable, el superhombre, el Übermensch, que no era un ser perfecto ni una meta a la que llegar y descansar, sino alguien en tránsito permanente, capaz de superarse a sí mismo una y otra vez, sin línea de llegada, como el funámbulo que solo puede seguir vivo mientras sigue moviéndose.
Acuñó también el amor fati, el amor al propio destino, no como resignación sino como la más alta forma de afirmación posible: querer no solo lo bueno de la vida sino también lo terrible, y querer que todo se repita exactamente igual, sin cambiar ni una coma.
Vivió enfermo casi toda su vida, con migrañas que lo postraban durante días, y se derrumbó mentalmente en Turín en 1889, pasando la última década en un silencio del que ya no regresó.
Hoy está en mi sala de espera con una energía que no pertenece a este ambiente, como si hubiera entrado en el lugar equivocado y hubiera decidido quedarse de todas formas.
Cuando le explico que las pruebas confirman un cáncer de vejiga, con un recorrido por delante que exige decisiones ágiles, su reacción no es la que suelo encontrar en esta silla.
—Por fin —me dice, con una sonrisa que oscila entre lo feroz y lo aliviado—, algo a la altura del personaje.
Le digo que no sé si eso es exactamente lo que uno debería desear.
Se encoge de hombros con una naturalidad que me descoloca.
—Llevo toda la vida predicando que hay que amar el propio destino, también en su parte más dura, y ahora me toca comprobar si era verdad lo que decía o solo literatura valiente escrita desde la salud.
El verdadero desafío nunca fue vencer a la enfermedad, sino comprobar si era capaz de vivir aquello que llevaba toda una vida defendiendo.
Le hablo del tratamiento y, en lugar de preguntarme por protocolos o porcentajes, me pregunta si viviría esta misma enfermedad otra vez, igual, sin cambiar nada, si supiera que iba a repetirse infinitas veces.
Le digo que es una pregunta suya, no mía.
Se ríe.
Una carcajada corta y genuina.
—Tiene razón —admite—. Ni yo mismo lo sé todavía.
Luego se pone serio.
—Ahora voy a entender en propia carne al superhombre del que tanto he hablado y escrito. No como un destino, sino como un verbo: superarse, sin parar, sin instalarse jamás en lo que ya se ha conseguido. Y esta enfermedad, intuyo, va a pedirme exactamente eso… pero con el cuerpo ya en mi contra.
Durante el tratamiento lo veo oscilar entre dos versiones de sí mismo con una honestidad que resulta, a ratos, casi conmovedora.
Hay días en que llega con una energía que parece desafiar la química de la quimioterapia, hablando de convertir el dolor en materia prima para algo todavía por descubrir.
Hay otros días en que se sienta en silencio y me confiesa que el dolor de las noches largas no se deja filosofar tan fácilmente como él prometió en sus libros.
—Lo que no te mata te hace más fuerte —me cita a sí mismo una tarde—, pero nadie me avisó de lo mucho que cansa el proceso de no morir.
—¿Eso desmonta tu concepto? —le pregunto.
Niega, pensativo.
—No lo desmonta. Solo lo hace más difícil de sostener. Y quizá esa sea la única manera honesta de defender cualquier idea que realmente merezca la pena.
Quizá superarse no consista en ser más fuerte, sino en seguir caminando cuando incluso las propias ideas empiezan a tambalearse.
Lo que ocurre al final de una de nuestras últimas consultas no lo tenía previsto.
—Dios ha muerto —me dice de pronto, con una voz que no tiene nada de proclama—. Aquella frase que escribí y que tantos entendieron como un grito de victoria nunca lo fue. Era la constatación triste de una época que se había quedado sin suelo bajo los pies y todavía no sabía cómo caminar sin él.
Hace una pausa.
—Y ahora, frente a lo que se me viene, descubro que yo tampoco tenía el suelo tan firme como aparentaba.
Le pregunto qué quiere decir.
Me responde con una franqueza que no había mostrado en ninguna consulta anterior.
Que se permite dudar, por primera vez de verdad, de su propio ateísmo.
No por miedo, me aclara enseguida, porque el miedo sería una razón indigna.
Sino porque la misma voluntad de verdad que lo llevó a matar a Dios sobre el papel le exige ahora preguntarse honestamente si no se equivocó, si hay algo que su razón nunca llegó a explorar del todo.
Le pregunto si esa duda lo alivia o lo inquieta.
—Las dos cosas.
Y, por una vez, no necesito resolver esa contradicción.
Quizá —añade después de un silencio— el superhombre también consiste en esto: en ser capaz de superarse incluso en las propias certezas, en seguir transitando hasta el final sin instalarse ni siquiera en las ideas que uno mismo proclamó como definitivas.
Se levanta.
Se detiene un instante, como quien escucha algo que no suena en esta sala.
Luego sale, sin más.
Quizá el hombre más libre no sea el que encuentra todas las respuestas, sino el que nunca deja de hacerse las preguntas.
Me quedo pensando que el hombre que mató a Dios sobre el papel acaba de reconocer, en voz baja y sin testigos incómodos, que quizás la pregunta siempre fue más grande que la respuesta.
Y que eso, viniendo de él, no es una derrota.
Es, probablemente, lo más parecido al superhombre que he visto en esta consulta.


