La fragilidad del pensamiento

Os lo cuento tal como ocurrió: esta mañana he tenido sentado frente a mí al hombre que dijo pienso, luego existo, y he tenido que explicarle que tiene un tumor en el cerebro. No un tumor que vaya a matarlo, que conviene aclararlo desde el principio para que el drama no se dispare antes de tiempo. Sino un tumor benigno, operable, con un pronóstico razonablemente tranquilizador, pero ubicado en una zona que, según evolucione, podría afectar progresivamente a su capacidad de pensar con la claridad que toda su vida lo ha definido.

René Descartes, el filósofo que construyó un sistema filosófico entero sobre la certeza de que el pensamiento es lo único verdaderamente indestructible, tiene un bulto en el cerebro que amenaza precisamente eso.

Si alguna vez habéis dudado de que el universo tiene sentido del humor, esta mañana os habría convencido.

Descartes nació en Francia en 1596, y se hizo célebre por un método tan simple en apariencia como devastador en sus consecuencias: dudar de todo lo que pudiera dudarse hasta dar con una verdad tan firme que ni el engaño más perfecto pudiera derribarla. La encontró en una sola frase que ha sobrevivido cuatro siglos: pienso, luego existo. Porque si dudo es que pienso, y si pienso es que existo, y ahí, sostenía él, había por fin suelo firme bajo los pies.

Construyó sobre esa certeza algo más: la convicción de que el alma, el yo que piensa, es pura e indivisible, mientras que el cuerpo no es sino una máquina sujeta a engranajes y desgaste. Lo verdaderamente suyo, insistía, vivía a salvo en un territorio que el cuerpo nunca podría alcanzar ni corromper.

Hoy lo tengo sentado frente a mí con el informe de resonancia entre las manos, mirándolo como quien mira una carta de reclamación dirigida personalmente a su propio sistema filosófico.

Le explico que el tumor es benigno, que no compromete su vida, que la cirugía tiene muy buen pronóstico. Hasta ahí, bien. Luego le explico la parte incómoda: que según la ubicación exacta y la evolución postoperatoria, podrían verse afectadas algunas funciones cognitivas, la velocidad de pensamiento, la fluidez verbal y la memoria de trabajo.

Descartes me escucha con una atención creciente que deriva, en el transcurso de unos pocos segundos, en una expresión que solo puedo describir como filosóficamente ultrajada.

¿Me está diciendo —me pregunta despacio— que un bulto de tejido puede interferir con el pensamiento?

Le confirmo que sí.

Hay un silencio.

Luego dice, con una solemnidad que la situación no termina de justificar del todo:

—Esto invalida décadas de trabajo.

¿Cómo puede un órgano tan frágil sostener aquello que siempre creí indestructible?

Le recuerdo, con toda la amabilidad de que soy capaz, que el tumor es benigno y que vamos a operarlo.

Me mira como si eso no viniera exactamente al caso.

Durante los días previos a la cirugía, Descartes despliega una actividad filosófica frenética que preocupa ligeramente a su familia y divierte considerablemente a mi equipo.

Llega a una consulta preoperatoria con cuatro páginas escritas a mano en las que ha intentado demostrar, mediante argumentos lógicos encadenados, que un tumor benigno no puede, por definición, afectar al yo pensante, porque el yo pensante, por definición, no es materia y, por tanto, no puede ser dañado por la materia.

Le explico, con paciencia renovada, que la neurociencia de los últimos cuatro siglos ha demostrado de manera bastante concluyente que pensamos con el cerebro, no a pesar de él.

Me responde que eso es exactamente lo que le preocupa y que querría que le explicara cómo es posible que algo inmaterial como el pensamiento dependa de algo tan poco fiable como un órgano que, al parecer, puede desarrollar tumores.

Es una buena pregunta, le digo.

No tengo una respuesta perfecta.

Me mira con algo parecido al respeto.

—Al menos, me dice, usted duda. Eso ya es algo.

Hay preguntas que la medicina todavía no puede responder. Y, a veces, reconocerlo también es una forma de cuidar.

La cirugía va bien. Mejor de lo esperado, si he de ser honesto.

Pero en las primeras semanas de recuperación, Descartes experimenta exactamente lo que temía: algunas palabras tardan más en llegar, ciertos nombres se le escapan, hay momentos en que la frase que quiere construir se le deshace a mitad.

Me lo cuenta con una mezcla de angustia filosófica y una autoconciencia que, con el tiempo, empieza a rozar lo cómico.

—Hoy —me dice una tarde— he tardado cuarenta y cinco segundos en recordar la palabra substancia.

Le pregunto si eso le parece mucho tiempo.

Me responde que depende.

Para un hombre normal, probablemente no.

Para el hombre que escribió sobre las substancias durante veinte años, es un poco humillante.

Luego añade, después de una pausa:

—Aunque debo reconocer que, mientras buscaba la palabra, seguía pensando. Así que, técnicamente, sigo existiendo. Supongo que eso es lo importante.

Me río.

Él también, aunque le cuesta un poco admitirlo.

Poco a poco las palabras vuelven. No todas a la vez, no con la misma velocidad de antes, pero vuelven.

Y Descartes va haciendo las paces, despacio y con la resistencia que cabe esperar de él, con la idea de que quizás el yo no era tan independiente del cerebro como él había insistido durante toda su vida.

—¿Sigo siendo el mismo si pienso un poco más despacio? —me pregunta una tarde.

Le digo que sí.

Que desde aquí lo veo exactamente igual.

Me responde que eso, viniendo de un médico que lleva meses aguantando sus argumentos filosóficos sin perder la paciencia, le parece un testimonio razonablemente fiable.

Antes de irse de la última revisión, cuando los controles confirman que la recuperación es sólida y que el riesgo de recidiva es bajo, Descartes se queda un momento en silencio, mirando el informe con una expresión que ya no es de ultraje filosófico sino de algo más tranquilo y más honesto.

Me dice que ha aprendido algo que no estaba en ninguno de sus libros: que el pensamiento no es una fortaleza inexpugnable, sino algo más parecido a una llama; que puede vacilar, que puede achicarse, pero que mientras haya algo que la sostenga, sigue siendo fuego.

Y que quizás eso, lejos de desmontar su famosa frase, la hace más cierta que nunca.

—No pienso igual que antes —me dice—, pero sigo pensando.

Y aquí sigo.

No pienso igual que antes. Pero sigo pensando. Y quizá eso también sea una forma de existir.

Sale de mi consulta y yo, Juan de la Haba, me quedo pensando que pocas veces he visto a alguien llegar tan dramáticamente convencido de que iba a perder lo más importante que tenía y salir tan tranquilamente reconciliado con haberlo conservado, aunque un poco cambiado.

Que también es una forma de existir.

La fragilidad del pensamiento

Os lo cuento tal como ocurrió: esta mañana he tenido sentado frente a mí al hombre que dijo pienso, luego existo, y he tenido que explicarle que tiene un tumor en el cerebro. No un tumor que vaya a matarlo, que conviene aclararlo desde el principio para que el drama no se dispare antes de tiempo. Sino un tumor benigno, operable, con un pronóstico razonablemente tranquilizador, pero ubicado en una zona que, según evolucione, podría afectar progresivamente a su capacidad de pensar con la claridad que toda su vida lo ha definido.

René Descartes, el filósofo que construyó un sistema filosófico entero sobre la certeza de que el pensamiento es lo único verdaderamente indestructible, tiene un bulto en el cerebro que amenaza precisamente eso.

Si alguna vez habéis dudado de que el universo tiene sentido del humor, esta mañana os habría convencido.

Descartes nació en Francia en 1596, y se hizo célebre por un método tan simple en apariencia como devastador en sus consecuencias: dudar de todo lo que pudiera dudarse hasta dar con una verdad tan firme que ni el engaño más perfecto pudiera derribarla. La encontró en una sola frase que ha sobrevivido cuatro siglos: pienso, luego existo. Porque si dudo es que pienso, y si pienso es que existo, y ahí, sostenía él, había por fin suelo firme bajo los pies.

Construyó sobre esa certeza algo más: la convicción de que el alma, el yo que piensa, es pura e indivisible, mientras que el cuerpo no es sino una máquina sujeta a engranajes y desgaste. Lo verdaderamente suyo, insistía, vivía a salvo en un territorio que el cuerpo nunca podría alcanzar ni corromper.

Hoy lo tengo sentado frente a mí con el informe de resonancia entre las manos, mirándolo como quien mira una carta de reclamación dirigida personalmente a su propio sistema filosófico.

Le explico que el tumor es benigno, que no compromete su vida, que la cirugía tiene muy buen pronóstico. Hasta ahí, bien. Luego le explico la parte incómoda: que según la ubicación exacta y la evolución postoperatoria, podrían verse afectadas algunas funciones cognitivas, la velocidad de pensamiento, la fluidez verbal y la memoria de trabajo.

Descartes me escucha con una atención creciente que deriva, en el transcurso de unos pocos segundos, en una expresión que solo puedo describir como filosóficamente ultrajada.

¿Me está diciendo —me pregunta despacio— que un bulto de tejido puede interferir con el pensamiento?

Le confirmo que sí.

Hay un silencio.

Luego dice, con una solemnidad que la situación no termina de justificar del todo:

—Esto invalida décadas de trabajo.

¿Cómo puede un órgano tan frágil sostener aquello que siempre creí indestructible?

Le recuerdo, con toda la amabilidad de que soy capaz, que el tumor es benigno y que vamos a operarlo.

Me mira como si eso no viniera exactamente al caso.

Durante los días previos a la cirugía, Descartes despliega una actividad filosófica frenética que preocupa ligeramente a su familia y divierte considerablemente a mi equipo.

Llega a una consulta preoperatoria con cuatro páginas escritas a mano en las que ha intentado demostrar, mediante argumentos lógicos encadenados, que un tumor benigno no puede, por definición, afectar al yo pensante, porque el yo pensante, por definición, no es materia y, por tanto, no puede ser dañado por la materia.

Le explico, con paciencia renovada, que la neurociencia de los últimos cuatro siglos ha demostrado de manera bastante concluyente que pensamos con el cerebro, no a pesar de él.

Me responde que eso es exactamente lo que le preocupa y que querría que le explicara cómo es posible que algo inmaterial como el pensamiento dependa de algo tan poco fiable como un órgano que, al parecer, puede desarrollar tumores.

Es una buena pregunta, le digo.

No tengo una respuesta perfecta.

Me mira con algo parecido al respeto.

—Al menos, me dice, usted duda. Eso ya es algo.

Hay preguntas que la medicina todavía no puede responder. Y, a veces, reconocerlo también es una forma de cuidar.

La cirugía va bien. Mejor de lo esperado, si he de ser honesto.

Pero en las primeras semanas de recuperación, Descartes experimenta exactamente lo que temía: algunas palabras tardan más en llegar, ciertos nombres se le escapan, hay momentos en que la frase que quiere construir se le deshace a mitad.

Me lo cuenta con una mezcla de angustia filosófica y una autoconciencia que, con el tiempo, empieza a rozar lo cómico.

—Hoy —me dice una tarde— he tardado cuarenta y cinco segundos en recordar la palabra substancia.

Le pregunto si eso le parece mucho tiempo.

Me responde que depende.

Para un hombre normal, probablemente no.

Para el hombre que escribió sobre las substancias durante veinte años, es un poco humillante.

Luego añade, después de una pausa:

—Aunque debo reconocer que, mientras buscaba la palabra, seguía pensando. Así que, técnicamente, sigo existiendo. Supongo que eso es lo importante.

Me río.

Él también, aunque le cuesta un poco admitirlo.

Poco a poco las palabras vuelven. No todas a la vez, no con la misma velocidad de antes, pero vuelven.

Y Descartes va haciendo las paces, despacio y con la resistencia que cabe esperar de él, con la idea de que quizás el yo no era tan independiente del cerebro como él había insistido durante toda su vida.

—¿Sigo siendo el mismo si pienso un poco más despacio? —me pregunta una tarde.

Le digo que sí.

Que desde aquí lo veo exactamente igual.

Me responde que eso, viniendo de un médico que lleva meses aguantando sus argumentos filosóficos sin perder la paciencia, le parece un testimonio razonablemente fiable.

Antes de irse de la última revisión, cuando los controles confirman que la recuperación es sólida y que el riesgo de recidiva es bajo, Descartes se queda un momento en silencio, mirando el informe con una expresión que ya no es de ultraje filosófico sino de algo más tranquilo y más honesto.

Me dice que ha aprendido algo que no estaba en ninguno de sus libros: que el pensamiento no es una fortaleza inexpugnable, sino algo más parecido a una llama; que puede vacilar, que puede achicarse, pero que mientras haya algo que la sostenga, sigue siendo fuego.

Y que quizás eso, lejos de desmontar su famosa frase, la hace más cierta que nunca.

—No pienso igual que antes —me dice—, pero sigo pensando.

Y aquí sigo.

No pienso igual que antes. Pero sigo pensando. Y quizá eso también sea una forma de existir.

Sale de mi consulta y yo, Juan de la Haba, me quedo pensando que pocas veces he visto a alguien llegar tan dramáticamente convencido de que iba a perder lo más importante que tenía y salir tan tranquilamente reconciliado con haberlo conservado, aunque un poco cambiado.

Que también es una forma de existir.

SÍGUENOS A TRAVES DE REDES SOCIALES

FACEBOOK
FACEBOOK
INSTAGRAM
YOUTUBE