La esperanza compartida

Con la confianza de siempre: hay semanas en esta consulta que parecen tener su propio argumento, como si alguien hubiera ordenado los pacientes no por orden de llegada sino por orden de sentido. La semana pasada Maimónides me enseñó que participar en un ensayo clínico puede ser una forma de inmortalidad, que el conocimiento que uno deja atrás sigue vivo en otras manos mucho después de que las propias se hayan apagado. Me quedé con esa idea dando vueltas varios días, porque es de las que no se van fácilmente.

Y hoy, como si la agenda hubiera decidido llevarme un paso más allá, llega a mi sala de espera un hombre que dedicó su vida entera a predicar exactamente eso, aunque con otras palabras y desde otra orilla: que lo que hacemos por los demás no muere con nosotros.

Juan de Ávila nació en Almodóvar del Campo en 1499, y se convirtió con los años en uno de los predicadores más influyentes de la España de su siglo, conocido como el Apóstol de Andalucía. Renunció a una herencia cómoda para dedicarse por entero a los más pobres, padeció la cárcel y la sospecha de la Inquisición por la hondura mística de sus prédicas, y dejó tras de sí una obra escrita que sigue leyéndose hoy como un mapa detallado del alma que sufre y que, sufriendo, busca algo en lo que apoyarse.

Su propia salud fue frágil casi toda su vida, sembrada de dolencias largas que él interpretó siempre como ocasión antes que como castigo. No me negarán que eso, viniendo de un hombre que predicó el sufrimiento durante décadas, tiene ahora un peso distinto cuando es él quien se sienta al otro lado de mi mesa.

Hoy lo tengo en mi sala de espera con las manos entrelazadas y la mirada perdida en un punto que no está en esta sala.

Toda una vida acompañando el sufrimiento ajeno no impide descubrir, un día, lo difícil que resulta atravesar el propio.

Cuando lo hago pasar, se sienta con la parsimonia de quien ya ha estado en muchas consultas, aunque siempre al otro lado. Me pregunta, antes de que yo abra la carpeta, si los resultados son tan serios como él sospecha. Le pregunto, a mi vez, qué es exactamente lo que sospecha, porque en veinte años de consulta he aprendido que esa pregunta, hecha a tiempo, ahorra mucho sufrimiento innecesario y abre la conversación de una manera que ningún protocolo ha sabido enseñarme mejor que los propios pacientes.

Me responde que lleva semanas con una fatiga que no reconoce como suya, y que hay dolores que un hombre que ha pasado la vida enfermo conoce sin necesidad de que nadie se los nombre.

Le digo que tiene razón en sospechar, y que voy a contarle lo que hemos encontrado con la misma honestidad que él mismo me pediría si las posiciones fueran las contrarias.

Asiente despacio, con los ojos fijos en los míos, como quien se prepara para recibir algo pesado y no quiere que le pille con los brazos caídos.

Le explico que las pruebas muestran la presencia de un tumor en el riñón.

Le doy tiempo.

No sigo hablando de inmediato, porque he aprendido que las palabras que vienen justo después de un diagnóstico casi nunca se escuchan del todo, y que el silencio, usado bien, es una parte importante de todo el proceso de información.

Juan de Ávila lo deja pasar sin llenarlo de preguntas apresuradas. Solo respira, una vez, larga, como quien suelta algo que llevaba mucho tiempo cargando sin saberlo del todo.

Luego me pregunta, con una calma que le cuesta más de lo que aparenta, si hay camino por delante.

Le digo que sí, que lo hay, que el recorrido no será sencillo pero que hay opciones reales sobre las que trabajar juntos, y que ninguna decisión tenemos que tomarla hoy, en esta misma silla, con la noticia todavía caliente.

Me dice que lo agradece, no el diagnóstico, sino la manera.

Toda mi vida prediqué que el sufrimiento bien acompañado es distinto del sufrimiento vivido en soledad. Hoy acabo de entender eso de una manera que ningún libro me había enseñado todavía.

La fe no elimina el miedo. Lo acompaña. Igual que las personas.

Su voz tiembla de una manera que no me atrevería a llamar débil, sino profundamente humana.

Toda mi vida prediqué que el sufrimiento bien ofrecido acerca a Dios, me dice, y ahora que me toca a mí sufrir de verdad descubro que la fe no me quita el miedo; simplemente camina conmigo dentro de él.

Un predicador no es un ángel, añade, solo un hombre que ha pasado la vida señalando un camino que ahora, por fin, le toca recorrer con sus propias piernas.

Le hablo del tratamiento que podemos ofrecerle, y me confiesa, con una franqueza que no esperaba de él, que necesita que alguien rece con él esta vez, en lugar de limitarse a escuchar cómo él reza por los demás.

Aquella confesión me conmovió.

El hombre que pasó décadas siendo refugio de tantas personas reconoce hoy, sin avergonzarse, que también él necesita refugio.

Le pregunto qué le pide a Dios en este trance.

Responde, tras un silencio largo, que no le pide curarse, porque eso ya lo dejó hace tiempo en manos que no son las suyas.

Solo le pide no perder la fe en el camino.

Porque teme, y lo dice con una honestidad desarmante, que el dolor largo erosione aquello que la voluntad, por sí sola, no siempre consigue sostener.

Hablamos también, porque la conversación lo exige, de lo que significa para él entrar en la última etapa de su vida terrena.

Toda mi vida prediqué sobre la muerte como tránsito, no como final, me dice, y ahora que el tránsito se acerca de verdad descubro que una cosa es predicarlo desde el púlpito y otra muy distinta sentirlo en las propias entrañas.

Me confiesa que ha pasado noches enteras sintiéndose más cerca de los pecadores a los que tanto predicó que de los santos a los que tanto rezó.

Y que ese descubrimiento, lejos de hundirlo, le ha traído un consuelo extraño.

Porque por fin entiende en su propia carne aquello que durante años solo había entendido de oídas.

Es entonces cuando le hablo de Maimónides, de su visita la semana pasada, de cómo un médico que supo que su tumor no era operable firmó un consentimiento de ensayo clínico porque entendió que participar era una forma de seguir siendo útil, de convertir su propia enfermedad en conocimiento que otros heredarían.

Juan de Ávila me escucha con los ojos cerrados, y cuando los abre, algo en su expresión ha cambiado.

Me dice que eso que acabo de contarle es exactamente lo que él intentó predicar siempre con otras palabras: que el ser humano, incluso en su momento más oscuro, tiene la capacidad de trascenderse a sí mismo, de convertir su propio dolor en algo que ilumine el camino de otro.

Que la esperanza verdadera no es la que espera que todo salga bien.

Es la que decide seguir dando incluso cuando no sabe cómo terminará la historia.

La esperanza verdadera no consiste en esperar que todo salga bien, sino en seguir dando incluso cuando el camino se vuelve incierto.

—¿Algo más?—, le pregunto.

A esa pregunta le sigue un silencio profundo.

No me negarán que resulta extraño, para un oncólogo, sostener un silencio que casi parece una oración en mitad de la jornada.

Pero os aseguro que aquellos segundos compartidos me enseñaron más sobre la esperanza que muchos congresos médicos a los que he asistido.

Porque la esperanza que manejamos en esta consulta no nace únicamente de nuevos tratamientos o de ensayos clínicos prometedores.

También nace de comprobar que el ser humano, enfermo, asustado y frágil, sigue siendo capaz de pensar en quien viene detrás.

Antes de irse, se detiene un momento en la puerta.

Se vuelve.

Mira el pequeño crucifijo que hay en mi estantería, entre los libros de medicina, el mismo que miró Averroes hace unas semanas con el reconocimiento de quien encuentra en territorio ajeno algo que lleva toda la vida buscando.

Juan de Ávila lo mira de otra manera: como quien saluda a un viejo conocido que ha estado esperándolo.

No dice nada.

Solo asiente, despacio, con esa misma cabeza que esta mañana ha temblado, ha dudado y ha confesado miedos que ningún sermón suyo recogió jamás.

Y yo me quedo un instante sentado, pensando que quizá esa sea la forma más profunda de esperanza: descubrir que incluso quien ha dedicado toda una vida a sostener a los demás necesita, alguna vez, dejarse sostener.

La esperanza compartida

Con la confianza de siempre: hay semanas en esta consulta que parecen tener su propio argumento, como si alguien hubiera ordenado los pacientes no por orden de llegada sino por orden de sentido. La semana pasada Maimónides me enseñó que participar en un ensayo clínico puede ser una forma de inmortalidad, que el conocimiento que uno deja atrás sigue vivo en otras manos mucho después de que las propias se hayan apagado. Me quedé con esa idea dando vueltas varios días, porque es de las que no se van fácilmente.

Y hoy, como si la agenda hubiera decidido llevarme un paso más allá, llega a mi sala de espera un hombre que dedicó su vida entera a predicar exactamente eso, aunque con otras palabras y desde otra orilla: que lo que hacemos por los demás no muere con nosotros.

Juan de Ávila nació en Almodóvar del Campo en 1499, y se convirtió con los años en uno de los predicadores más influyentes de la España de su siglo, conocido como el Apóstol de Andalucía. Renunció a una herencia cómoda para dedicarse por entero a los más pobres, padeció la cárcel y la sospecha de la Inquisición por la hondura mística de sus prédicas, y dejó tras de sí una obra escrita que sigue leyéndose hoy como un mapa detallado del alma que sufre y que, sufriendo, busca algo en lo que apoyarse.

Su propia salud fue frágil casi toda su vida, sembrada de dolencias largas que él interpretó siempre como ocasión antes que como castigo. No me negarán que eso, viniendo de un hombre que predicó el sufrimiento durante décadas, tiene ahora un peso distinto cuando es él quien se sienta al otro lado de mi mesa.

Hoy lo tengo en mi sala de espera con las manos entrelazadas y la mirada perdida en un punto que no está en esta sala.

Toda una vida acompañando el sufrimiento ajeno no impide descubrir, un día, lo difícil que resulta atravesar el propio.

Cuando lo hago pasar, se sienta con la parsimonia de quien ya ha estado en muchas consultas, aunque siempre al otro lado. Me pregunta, antes de que yo abra la carpeta, si los resultados son tan serios como él sospecha. Le pregunto, a mi vez, qué es exactamente lo que sospecha, porque en veinte años de consulta he aprendido que esa pregunta, hecha a tiempo, ahorra mucho sufrimiento innecesario y abre la conversación de una manera que ningún protocolo ha sabido enseñarme mejor que los propios pacientes.

Me responde que lleva semanas con una fatiga que no reconoce como suya, y que hay dolores que un hombre que ha pasado la vida enfermo conoce sin necesidad de que nadie se los nombre.

Le digo que tiene razón en sospechar, y que voy a contarle lo que hemos encontrado con la misma honestidad que él mismo me pediría si las posiciones fueran las contrarias.

Asiente despacio, con los ojos fijos en los míos, como quien se prepara para recibir algo pesado y no quiere que le pille con los brazos caídos.

Le explico que las pruebas muestran la presencia de un tumor en el riñón.

Le doy tiempo.

No sigo hablando de inmediato, porque he aprendido que las palabras que vienen justo después de un diagnóstico casi nunca se escuchan del todo, y que el silencio, usado bien, es una parte importante de todo el proceso de información.

Juan de Ávila lo deja pasar sin llenarlo de preguntas apresuradas. Solo respira, una vez, larga, como quien suelta algo que llevaba mucho tiempo cargando sin saberlo del todo.

Luego me pregunta, con una calma que le cuesta más de lo que aparenta, si hay camino por delante.

Le digo que sí, que lo hay, que el recorrido no será sencillo pero que hay opciones reales sobre las que trabajar juntos, y que ninguna decisión tenemos que tomarla hoy, en esta misma silla, con la noticia todavía caliente.

Me dice que lo agradece, no el diagnóstico, sino la manera.

Toda mi vida prediqué que el sufrimiento bien acompañado es distinto del sufrimiento vivido en soledad. Hoy acabo de entender eso de una manera que ningún libro me había enseñado todavía.

La fe no elimina el miedo. Lo acompaña. Igual que las personas.

Su voz tiembla de una manera que no me atrevería a llamar débil, sino profundamente humana.

Toda mi vida prediqué que el sufrimiento bien ofrecido acerca a Dios, me dice, y ahora que me toca a mí sufrir de verdad descubro que la fe no me quita el miedo; simplemente camina conmigo dentro de él.

Un predicador no es un ángel, añade, solo un hombre que ha pasado la vida señalando un camino que ahora, por fin, le toca recorrer con sus propias piernas.

Le hablo del tratamiento que podemos ofrecerle, y me confiesa, con una franqueza que no esperaba de él, que necesita que alguien rece con él esta vez, en lugar de limitarse a escuchar cómo él reza por los demás.

Aquella confesión me conmovió.

El hombre que pasó décadas siendo refugio de tantas personas reconoce hoy, sin avergonzarse, que también él necesita refugio.

Le pregunto qué le pide a Dios en este trance.

Responde, tras un silencio largo, que no le pide curarse, porque eso ya lo dejó hace tiempo en manos que no son las suyas.

Solo le pide no perder la fe en el camino.

Porque teme, y lo dice con una honestidad desarmante, que el dolor largo erosione aquello que la voluntad, por sí sola, no siempre consigue sostener.

Hablamos también, porque la conversación lo exige, de lo que significa para él entrar en la última etapa de su vida terrena.

Toda mi vida prediqué sobre la muerte como tránsito, no como final, me dice, y ahora que el tránsito se acerca de verdad descubro que una cosa es predicarlo desde el púlpito y otra muy distinta sentirlo en las propias entrañas.

Me confiesa que ha pasado noches enteras sintiéndose más cerca de los pecadores a los que tanto predicó que de los santos a los que tanto rezó.

Y que ese descubrimiento, lejos de hundirlo, le ha traído un consuelo extraño.

Porque por fin entiende en su propia carne aquello que durante años solo había entendido de oídas.

Es entonces cuando le hablo de Maimónides, de su visita la semana pasada, de cómo un médico que supo que su tumor no era operable firmó un consentimiento de ensayo clínico porque entendió que participar era una forma de seguir siendo útil, de convertir su propia enfermedad en conocimiento que otros heredarían.

Juan de Ávila me escucha con los ojos cerrados, y cuando los abre, algo en su expresión ha cambiado.

Me dice que eso que acabo de contarle es exactamente lo que él intentó predicar siempre con otras palabras: que el ser humano, incluso en su momento más oscuro, tiene la capacidad de trascenderse a sí mismo, de convertir su propio dolor en algo que ilumine el camino de otro.

Que la esperanza verdadera no es la que espera que todo salga bien.

Es la que decide seguir dando incluso cuando no sabe cómo terminará la historia.

La esperanza verdadera no consiste en esperar que todo salga bien, sino en seguir dando incluso cuando el camino se vuelve incierto.

—¿Algo más?—, le pregunto.

A esa pregunta le sigue un silencio profundo.

No me negarán que resulta extraño, para un oncólogo, sostener un silencio que casi parece una oración en mitad de la jornada.

Pero os aseguro que aquellos segundos compartidos me enseñaron más sobre la esperanza que muchos congresos médicos a los que he asistido.

Porque la esperanza que manejamos en esta consulta no nace únicamente de nuevos tratamientos o de ensayos clínicos prometedores.

También nace de comprobar que el ser humano, enfermo, asustado y frágil, sigue siendo capaz de pensar en quien viene detrás.

Antes de irse, se detiene un momento en la puerta.

Se vuelve.

Mira el pequeño crucifijo que hay en mi estantería, entre los libros de medicina, el mismo que miró Averroes hace unas semanas con el reconocimiento de quien encuentra en territorio ajeno algo que lleva toda la vida buscando.

Juan de Ávila lo mira de otra manera: como quien saluda a un viejo conocido que ha estado esperándolo.

No dice nada.

Solo asiente, despacio, con esa misma cabeza que esta mañana ha temblado, ha dudado y ha confesado miedos que ningún sermón suyo recogió jamás.

Y yo me quedo un instante sentado, pensando que quizá esa sea la forma más profunda de esperanza: descubrir que incluso quien ha dedicado toda una vida a sostener a los demás necesita, alguna vez, dejarse sostener.

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