Sabed que hay mañanas en esta consulta en que la agenda parece haberse organizado sola con una lógica que yo nunca habría sabido diseñar. Averroes la semana pasada, cordobés, médico y filósofo, defensor incansable de que la razón y la fe pueden sentarse a la misma mesa. Y hoy, como si la historia tuviera sentido del humor o simplemente muy buena memoria, llega a mi sala de espera otro médico, otro filósofo, otro hijo de Córdoba: Moisés ben Maimón, a quien el mundo conoce como Maimónides, y que nació en esta misma ciudad en 1138, apenas doce años después que Averroes.

Los dos bebieron del mismo río, caminaron por las mismas calles, respiraron el mismo aire de una Córdoba que todavía creía que el conocimiento no entiende de religiones. Luego el mundo cambió, como suele hacer, y Maimónides tuvo que marcharse, primero a Fez, luego a Palestina, finalmente a Egipto, donde se convirtió en médico personal del sultán Saladino y en la figura intelectual más influyente del judaísmo medieval. Escribió sobre medicina, sobre filosofía y sobre leyes religiosas con la misma pluma y la misma exigencia, convencido de que el conocimiento es uno solo y que dividirlo en compartimentos estancos es una forma de empobrecerlo.

Murió en El Cairo en 1204, y sus restos, según la tradición, fueron trasladados a Tiberíades, donde su tumba sigue siendo lugar de peregrinación.

«El conocimiento es uno solo; dividirlo es empobrecerlo.»

Hoy está en mi sala de espera con la actitud de quien lleva toda la vida en consultas médicas, aunque habitualmente al otro lado de la mesa.

Cuando lo hago pasar y le explico que las pruebas confirman un hepatocarcinoma, un cáncer de hígado ya en una fase que no admite demoras, me escucha con una atención que reconozco inmediatamente: es la atención del médico que recibe un diagnóstico, no la del paciente que lo escucha por primera vez sin saber exactamente qué significa cada palabra.

Maimónides sabe perfectamente qué significa.

Y eso tiene un nombre en esta profesión que pocos se atreven a decir en voz alta: el médico enfermo es el paciente más difícil de acompañar, no porque sea más exigente, sino porque no le puedes regalar ni un milímetro de imprecisión, y la imprecisión, a veces, es lo único que amortigua el golpe.

Me pregunta por los márgenes, por la afectación vascular, por el estadio exacto, con la terminología de quien ya sabe lo que voy a responderle antes de que yo abra la boca, pero que necesita escucharlo de otro médico para que deje de ser una sospecha y se convierta en una certeza.

Le confirmo que el tumor no ha podido operarse: la afectación vascular lo impide, y los límites entre lo resecable y lo que no lo es los conoce él tan bien como yo.

Asiente sin sorpresa, con esa gravedad particular de quien recibe una noticia que ya había calculado pero que duele igual.

Hay un silencio.

No largo, pero sí denso.

Luego asiente, despacio, y me dice que lleva décadas escribiendo sobre la obligación del médico de decir la verdad al enfermo aunque duela, y que agradece que yo haya sido fiel a ese principio con él.

«El médico enfermo es, muchas veces, el paciente más difícil de acompañar.»

Es entonces cuando le hablo del ensayo clínico.

Un fármaco nuevo, una diana terapéutica prometedora en hepatocarcinoma avanzado, resultados preliminares que justifican la esperanza sin garantizarla.

Le explico que podría beneficiarle, que los datos preliminares son razonablemente alentadores y que su perfil encaja con los criterios de inclusión.

Lo escucha con la misma atención de antes, pero algo cambia en su gesto: aparece la precaución del médico que sabe exactamente lo que implica participar en un ensayo, que conoce la diferencia entre esperanza y evidencia, entre posibilidad y promesa.

Me pregunta por el diseño del estudio, por los efectos adversos documentados hasta ahora, por el número de pacientes incluidos y por los criterios de valoración primaria.

Se los explico uno a uno, sin atajos.

Luego se queda en silencio otro momento y me dice que toda su vida desconfió de quien confunde el deseo de curar con la certeza de curar, y que no va a traicionarse ahora que le toca ser paciente.

Lo entiendo, le digo, y le digo también que precisamente por eso se lo propongo a él: porque necesitamos pacientes que entiendan lo que están haciendo, que puedan observarse con honestidad, que aporten algo más que su biología al proceso.

«Hay pacientes que aportan mucho más que su biología.»

Esa última frase le detiene.

Me mira con una atención distinta, más quieta, y me pregunta qué quiero decir exactamente con aportar algo más que su biología.

Le explico que los ensayos clínicos no son solo datos y moléculas: son también la decisión de alguien que, en el momento más difícil de su vida, elige que su experiencia sirva para algo más grande que sí mismo, que elige convertir su propio proceso en conocimiento que otros heredarán, que elige, en definitiva, seguir siendo útil cuando el cuerpo ya no colabora del todo.

Hay un silencio más largo esta vez.

Maimónides mira sus manos, que son las manos de un médico y de un escriba, manos que han examinado enfermos y copiado manuscritos con la misma dedicación.

Y cuando levanta la vista, algo en su expresión ha cambiado: ya no es el médico precavido evaluando un protocolo, sino el hombre que lleva toda la vida convencido de que el conocimiento es el único legado que no se destruye con el tiempo.

Me dice que él escribió en su día que el médico debe tratar al enfermo como si fuera el único enfermo del mundo, con toda su atención y toda su ciencia.

Y que ahora entiende, desde el otro lado, que el enfermo también puede elegir ser algo más que el destinatario de esa atención: puede elegir ser parte de la ciencia misma, puede elegir que su enfermedad, su cuerpo y su proceso contribuyan a que el médico del futuro tenga más herramientas que el médico de hoy.

Eso, Dr. De la Haba, me dice, ya no es solo esperanza personal.

Es otra cosa.

Es legado.

«El conocimiento es el único legado que no se destruye con el tiempo.»

Firma el consentimiento informado con la misma calma con que imagino que firmaba sus tratados, sin prisa y sin ingenuidad, sabiendo exactamente lo que está haciendo y por qué lo hace.

Antes de irse, me dice una última cosa que apunto antes de que se cierre la puerta:

Que la inmortalidad que siempre le pareció más digna no era la del alma que pervive en otro mundo, sino la del conocimiento que sigue vivo en otras mentes mucho después de que la propia se haya apagado.

Sale de mi consulta y yo me quedo con el consentimiento firmado en la mano, pensando que acabo de recibir la lección más completa sobre ensayos clínicos que me haya dado jamás un paciente.

Y que ojalá todos los que participan en ellos supieran, como supo hoy Maimónides, que lo que están firmando no es solo un papel:

es una forma de seguir siendo útiles cuando más cuesta serlo.

Sabed que hay mañanas en esta consulta en que la agenda parece haberse organizado sola con una lógica que yo nunca habría sabido diseñar. Averroes la semana pasada, cordobés, médico y filósofo, defensor incansable de que la razón y la fe pueden sentarse a la misma mesa. Y hoy, como si la historia tuviera sentido del humor o simplemente muy buena memoria, llega a mi sala de espera otro médico, otro filósofo, otro hijo de Córdoba: Moisés ben Maimón, a quien el mundo conoce como Maimónides, y que nació en esta misma ciudad en 1138, apenas doce años después que Averroes.

Los dos bebieron del mismo río, caminaron por las mismas calles, respiraron el mismo aire de una Córdoba que todavía creía que el conocimiento no entiende de religiones. Luego el mundo cambió, como suele hacer, y Maimónides tuvo que marcharse, primero a Fez, luego a Palestina, finalmente a Egipto, donde se convirtió en médico personal del sultán Saladino y en la figura intelectual más influyente del judaísmo medieval. Escribió sobre medicina, sobre filosofía y sobre leyes religiosas con la misma pluma y la misma exigencia, convencido de que el conocimiento es uno solo y que dividirlo en compartimentos estancos es una forma de empobrecerlo.

Murió en El Cairo en 1204, y sus restos, según la tradición, fueron trasladados a Tiberíades, donde su tumba sigue siendo lugar de peregrinación.

«El conocimiento es uno solo; dividirlo es empobrecerlo.»

Hoy está en mi sala de espera con la actitud de quien lleva toda la vida en consultas médicas, aunque habitualmente al otro lado de la mesa.

Cuando lo hago pasar y le explico que las pruebas confirman un hepatocarcinoma, un cáncer de hígado ya en una fase que no admite demoras, me escucha con una atención que reconozco inmediatamente: es la atención del médico que recibe un diagnóstico, no la del paciente que lo escucha por primera vez sin saber exactamente qué significa cada palabra.

Maimónides sabe perfectamente qué significa.

Y eso tiene un nombre en esta profesión que pocos se atreven a decir en voz alta: el médico enfermo es el paciente más difícil de acompañar, no porque sea más exigente, sino porque no le puedes regalar ni un milímetro de imprecisión, y la imprecisión, a veces, es lo único que amortigua el golpe.

Me pregunta por los márgenes, por la afectación vascular, por el estadio exacto, con la terminología de quien ya sabe lo que voy a responderle antes de que yo abra la boca, pero que necesita escucharlo de otro médico para que deje de ser una sospecha y se convierta en una certeza.

Le confirmo que el tumor no ha podido operarse: la afectación vascular lo impide, y los límites entre lo resecable y lo que no lo es los conoce él tan bien como yo.

Asiente sin sorpresa, con esa gravedad particular de quien recibe una noticia que ya había calculado pero que duele igual.

Hay un silencio.

No largo, pero sí denso.

Luego asiente, despacio, y me dice que lleva décadas escribiendo sobre la obligación del médico de decir la verdad al enfermo aunque duela, y que agradece que yo haya sido fiel a ese principio con él.

«El médico enfermo es, muchas veces, el paciente más difícil de acompañar.»

Es entonces cuando le hablo del ensayo clínico.

Un fármaco nuevo, una diana terapéutica prometedora en hepatocarcinoma avanzado, resultados preliminares que justifican la esperanza sin garantizarla.

Le explico que podría beneficiarle, que los datos preliminares son razonablemente alentadores y que su perfil encaja con los criterios de inclusión.

Lo escucha con la misma atención de antes, pero algo cambia en su gesto: aparece la precaución del médico que sabe exactamente lo que implica participar en un ensayo, que conoce la diferencia entre esperanza y evidencia, entre posibilidad y promesa.

Me pregunta por el diseño del estudio, por los efectos adversos documentados hasta ahora, por el número de pacientes incluidos y por los criterios de valoración primaria.

Se los explico uno a uno, sin atajos.

Luego se queda en silencio otro momento y me dice que toda su vida desconfió de quien confunde el deseo de curar con la certeza de curar, y que no va a traicionarse ahora que le toca ser paciente.

Lo entiendo, le digo, y le digo también que precisamente por eso se lo propongo a él: porque necesitamos pacientes que entiendan lo que están haciendo, que puedan observarse con honestidad, que aporten algo más que su biología al proceso.

«Hay pacientes que aportan mucho más que su biología.»

Esa última frase le detiene.

Me mira con una atención distinta, más quieta, y me pregunta qué quiero decir exactamente con aportar algo más que su biología.

Le explico que los ensayos clínicos no son solo datos y moléculas: son también la decisión de alguien que, en el momento más difícil de su vida, elige que su experiencia sirva para algo más grande que sí mismo, que elige convertir su propio proceso en conocimiento que otros heredarán, que elige, en definitiva, seguir siendo útil cuando el cuerpo ya no colabora del todo.

Hay un silencio más largo esta vez.

Maimónides mira sus manos, que son las manos de un médico y de un escriba, manos que han examinado enfermos y copiado manuscritos con la misma dedicación.

Y cuando levanta la vista, algo en su expresión ha cambiado: ya no es el médico precavido evaluando un protocolo, sino el hombre que lleva toda la vida convencido de que el conocimiento es el único legado que no se destruye con el tiempo.

Me dice que él escribió en su día que el médico debe tratar al enfermo como si fuera el único enfermo del mundo, con toda su atención y toda su ciencia.

Y que ahora entiende, desde el otro lado, que el enfermo también puede elegir ser algo más que el destinatario de esa atención: puede elegir ser parte de la ciencia misma, puede elegir que su enfermedad, su cuerpo y su proceso contribuyan a que el médico del futuro tenga más herramientas que el médico de hoy.

Eso, Dr. De la Haba, me dice, ya no es solo esperanza personal.

Es otra cosa.

Es legado.

«El conocimiento es el único legado que no se destruye con el tiempo.»

Firma el consentimiento informado con la misma calma con que imagino que firmaba sus tratados, sin prisa y sin ingenuidad, sabiendo exactamente lo que está haciendo y por qué lo hace.

Antes de irse, me dice una última cosa que apunto antes de que se cierre la puerta:

Que la inmortalidad que siempre le pareció más digna no era la del alma que pervive en otro mundo, sino la del conocimiento que sigue vivo en otras mentes mucho después de que la propia se haya apagado.

Sale de mi consulta y yo me quedo con el consentimiento firmado en la mano, pensando que acabo de recibir la lección más completa sobre ensayos clínicos que me haya dado jamás un paciente.

Y que ojalá todos los que participan en ellos supieran, como supo hoy Maimónides, que lo que están firmando no es solo un papel:

es una forma de seguir siendo útiles cuando más cuesta serlo.

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