La síntesis

Hay pacientes que llegan a esta consulta con la teoría ya preparada para recibir el golpe, y lo que me pregunto siempre es si la teoría aguanta cuando el golpe llega de verdad.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel nació en Stuttgart en 1770, y se propuso, con una ambición que pocos filósofos han igualado, explicar absolutamente todo: el arte, la religión, la política, el devenir humano entero, como parte de un único proceso que avanza sin parar hacia algo cada vez más completo.

A esa idea la llamó dialéctica: toda situación contiene en sí misma una contradicción, un choque entre fuerzas opuestas, y de ese choque nace siempre algo nuevo y superior, una síntesis que recoge lo mejor de ambas partes y supera el conflicto que las enfrentaba.

Para Hegel nada ocurría por simple azar: todo, incluso el sufrimiento de un solo hombre en una sola tarde, formaba parte de un plan racional que se iba revelando despacio a través del tiempo.

Murió en Berlín en 1831, profundamente convencido de que la Historia, con mayúscula, sabía siempre exactamente lo que hacía.

Hoy lo tengo en mi sala de espera con una carpeta de informes médicos que ya ha ojeado por su cuenta, antes incluso de que yo le diga una sola palabra.

No me sorprende.

Es de los que prefieren llegar con los deberes hechos.

Cuando lo hago pasar y le explico que las pruebas confirman un cáncer de páncreas, su reacción no es exactamente la que suelo encontrar en esta silla, aunque tampoco me resulta completamente inesperada viniendo de él.

Asiente, como si la noticia viniera a confirmar algo que ya tenía medio calculado.

—Tiene sentido —me dice—. Nada en mi vida fue del todo fácil; cada etapa tuvo su propia lucha, y de cada lucha salió algo mejor. Así que esta enfermedad será la antítesis que viene a chocar con mi vida tranquila de ahora y, de ese choque, algo nuevo nacerá sin remedio.

Le pregunto qué espera que nazca exactamente.

Me responde con la confianza de quien lleva pensando esa respuesta desde mucho antes de entrar.

—Una comprensión más profunda. Una versión más completa de quién soy. Porque la Historia no se equivoca ni siquiera en esto.

A veces llegamos a la enfermedad convencidos de que entenderla será suficiente para poder atravesarla.

No le contradigo de inmediato.

Pero tampoco puedo evitar preguntarle si está completamente seguro de que todo dolor tiene siempre una utilidad clara que descubrir.

Se queda un instante callado, como si la pregunta le resultara, por primera vez en toda la conversación, ligeramente incómoda.

Luego recupera su aplomo habitual.

—Lo tiene —me asegura—, aunque tardemos en verlo.

Es entonces cuando le hablo del tratamiento.

Y aquí, os lo confieso sin rodeos, es donde la consulta da un giro que ninguno de los dos teníamos previsto del todo.

Le explico que en los últimos meses se ha producido un avance terapéutico significativo en el cáncer de páncreas: una nueva línea de tratamiento basada en una diana molecular identificada muy recientemente, con resultados preliminares que justifican una esperanza real. No la esperanza vaga que a veces se usa para suavizar lo que no tiene solución, sino una esperanza con datos detrás, con ensayos en marcha, con pacientes que están respondiendo de una manera que hace muy poco no habríamos podido anticipar.

Le explico que su perfil encaja con los criterios, que podemos empezar pronto, que el pronóstico, sin ser una promesa, es sustancialmente mejor de lo que habría sido hace apenas un año.

Hegel me escucha con una atención que cambia de textura a medida que hablo.

Al principio asiente con la satisfacción de quien ve confirmada su teoría.

—Por supuesto —me dice—. La ciencia es el Espíritu absoluto manifestándose en la historia del conocimiento humano, y este descubrimiento no es más que la síntesis que el proceso tenía preparada para llegar exactamente en este momento.

Lo dice con una convicción que casi me convence a mí también.

Pero luego se queda en silencio.

Un silencio distinto al anterior, más quieto, menos controlado.

Y cuando habla de nuevo, su voz tiene algo que no había tenido hasta entonces: una humildad genuina que no parece ensayada.

Me dice que lleva toda la vida explicando que la Historia avanza hacia algo mejor, que cada contradicción se resuelve en una síntesis superior, y que nunca, en ninguno de sus libros, consideró la posibilidad de que esa síntesis llegara en forma de una molécula descubierta en un laboratorio de oncología, aplicada a su propio páncreas, en una tarde de consulta ordinaria.

—La Historia —admite despacio— tiene más imaginación que yo.

La vida siempre encuentra maneras de superar los sistemas con los que intentamos explicarla.

Le pregunto si le hace dudar sobre su teoría.

Tarda en responder, y esa pausa, en un hombre como él, vale más que muchas respuestas.

—Un poco —dice al fin—, pero de una manera que no me desagrada. Toda mi vida sostuve que el proceso histórico nos supera a todos, que ningún individuo, por brillante que sea, puede anticiparlo del todo. Y resulta que eso también me incluye a mí, frente a mi propio diagnóstico, en mi propia historia particular. Hay algo casi cómico en eso, doctor, y creo que me hace bien reconocerlo.

Durante el tratamiento, Hegel es un paciente disciplinado y curioso, que hace preguntas precisas sobre los mecanismos del fármaco y anota las respuestas con la misma seriedad con que anotaba las contradicciones de la historia universal.

Hay días buenos y días malos, como en todos.

Y en los días malos no recurre ya a su dialéctica para encontrarles un propósito inmediato, sino que los atraviesa con una paciencia que no le conocía al principio.

Me confiesa, en una de las últimas sesiones, que ha aprendido algo que ningún libro suyo recoge: que no todo momento difícil es una antítesis que espera su síntesis; que algunos son sencillamente difíciles, y que atravesarlos sin exigirles una lección es, quizás, la forma más honesta de respetarlos.

Antes de irse de la última revisión, cuando los controles muestran que el tratamiento está funcionando mejor de lo esperado, Hegel mira la carpeta de informes que trajo consigo el primer día, la misma que había ojeado por su cuenta antes de que yo dijera nada.

Esta vez no la abre.

La deja sobre mi mesa con un gesto tranquilo.

Me dice, casi de pasada, que quizás la síntesis más importante que ha encontrado en todo este proceso no está en ningún sistema filosófico, sino en el hecho de que la ciencia, paciente, acumulativa y completamente ajena a sus teorías, lleva siglos haciendo exactamente lo que él describió: chocar contra lo que no sabe, aprender de ese choque y avanzar hacia algo mejor.

No toda contradicción necesita una explicación inmediata. Algunas solo necesitan tiempo para ser atravesadas.

Sale de mi consulta y me quedo mirando esa carpeta cerrada sobre la mesa, pensando que pocas veces he visto a alguien llegar tan seguro de tener el marco para entenderlo todo y salir tan tranquilamente reconciliado con no necesitarlo del todo.

Y que esa reconciliación, modesta y sin aspavientos, es quizás la síntesis más honesta que Hegel ha producido en toda su vida.

La síntesis

Hay pacientes que llegan a esta consulta con la teoría ya preparada para recibir el golpe, y lo que me pregunto siempre es si la teoría aguanta cuando el golpe llega de verdad.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel nació en Stuttgart en 1770, y se propuso, con una ambición que pocos filósofos han igualado, explicar absolutamente todo: el arte, la religión, la política, el devenir humano entero, como parte de un único proceso que avanza sin parar hacia algo cada vez más completo.

A esa idea la llamó dialéctica: toda situación contiene en sí misma una contradicción, un choque entre fuerzas opuestas, y de ese choque nace siempre algo nuevo y superior, una síntesis que recoge lo mejor de ambas partes y supera el conflicto que las enfrentaba.

Para Hegel nada ocurría por simple azar: todo, incluso el sufrimiento de un solo hombre en una sola tarde, formaba parte de un plan racional que se iba revelando despacio a través del tiempo.

Murió en Berlín en 1831, profundamente convencido de que la Historia, con mayúscula, sabía siempre exactamente lo que hacía.

Hoy lo tengo en mi sala de espera con una carpeta de informes médicos que ya ha ojeado por su cuenta, antes incluso de que yo le diga una sola palabra.

No me sorprende.

Es de los que prefieren llegar con los deberes hechos.

Cuando lo hago pasar y le explico que las pruebas confirman un cáncer de páncreas, su reacción no es exactamente la que suelo encontrar en esta silla, aunque tampoco me resulta completamente inesperada viniendo de él.

Asiente, como si la noticia viniera a confirmar algo que ya tenía medio calculado.

—Tiene sentido —me dice—. Nada en mi vida fue del todo fácil; cada etapa tuvo su propia lucha, y de cada lucha salió algo mejor. Así que esta enfermedad será la antítesis que viene a chocar con mi vida tranquila de ahora y, de ese choque, algo nuevo nacerá sin remedio.

Le pregunto qué espera que nazca exactamente.

Me responde con la confianza de quien lleva pensando esa respuesta desde mucho antes de entrar.

—Una comprensión más profunda. Una versión más completa de quién soy. Porque la Historia no se equivoca ni siquiera en esto.

A veces llegamos a la enfermedad convencidos de que entenderla será suficiente para poder atravesarla.

No le contradigo de inmediato.

Pero tampoco puedo evitar preguntarle si está completamente seguro de que todo dolor tiene siempre una utilidad clara que descubrir.

Se queda un instante callado, como si la pregunta le resultara, por primera vez en toda la conversación, ligeramente incómoda.

Luego recupera su aplomo habitual.

—Lo tiene —me asegura—, aunque tardemos en verlo.

Es entonces cuando le hablo del tratamiento.

Y aquí, os lo confieso sin rodeos, es donde la consulta da un giro que ninguno de los dos teníamos previsto del todo.

Le explico que en los últimos meses se ha producido un avance terapéutico significativo en el cáncer de páncreas: una nueva línea de tratamiento basada en una diana molecular identificada muy recientemente, con resultados preliminares que justifican una esperanza real. No la esperanza vaga que a veces se usa para suavizar lo que no tiene solución, sino una esperanza con datos detrás, con ensayos en marcha, con pacientes que están respondiendo de una manera que hace muy poco no habríamos podido anticipar.

Le explico que su perfil encaja con los criterios, que podemos empezar pronto, que el pronóstico, sin ser una promesa, es sustancialmente mejor de lo que habría sido hace apenas un año.

Hegel me escucha con una atención que cambia de textura a medida que hablo.

Al principio asiente con la satisfacción de quien ve confirmada su teoría.

—Por supuesto —me dice—. La ciencia es el Espíritu absoluto manifestándose en la historia del conocimiento humano, y este descubrimiento no es más que la síntesis que el proceso tenía preparada para llegar exactamente en este momento.

Lo dice con una convicción que casi me convence a mí también.

Pero luego se queda en silencio.

Un silencio distinto al anterior, más quieto, menos controlado.

Y cuando habla de nuevo, su voz tiene algo que no había tenido hasta entonces: una humildad genuina que no parece ensayada.

Me dice que lleva toda la vida explicando que la Historia avanza hacia algo mejor, que cada contradicción se resuelve en una síntesis superior, y que nunca, en ninguno de sus libros, consideró la posibilidad de que esa síntesis llegara en forma de una molécula descubierta en un laboratorio de oncología, aplicada a su propio páncreas, en una tarde de consulta ordinaria.

—La Historia —admite despacio— tiene más imaginación que yo.

La vida siempre encuentra maneras de superar los sistemas con los que intentamos explicarla.

Le pregunto si le hace dudar sobre su teoría.

Tarda en responder, y esa pausa, en un hombre como él, vale más que muchas respuestas.

—Un poco —dice al fin—, pero de una manera que no me desagrada. Toda mi vida sostuve que el proceso histórico nos supera a todos, que ningún individuo, por brillante que sea, puede anticiparlo del todo. Y resulta que eso también me incluye a mí, frente a mi propio diagnóstico, en mi propia historia particular. Hay algo casi cómico en eso, doctor, y creo que me hace bien reconocerlo.

Durante el tratamiento, Hegel es un paciente disciplinado y curioso, que hace preguntas precisas sobre los mecanismos del fármaco y anota las respuestas con la misma seriedad con que anotaba las contradicciones de la historia universal.

Hay días buenos y días malos, como en todos.

Y en los días malos no recurre ya a su dialéctica para encontrarles un propósito inmediato, sino que los atraviesa con una paciencia que no le conocía al principio.

Me confiesa, en una de las últimas sesiones, que ha aprendido algo que ningún libro suyo recoge: que no todo momento difícil es una antítesis que espera su síntesis; que algunos son sencillamente difíciles, y que atravesarlos sin exigirles una lección es, quizás, la forma más honesta de respetarlos.

Antes de irse de la última revisión, cuando los controles muestran que el tratamiento está funcionando mejor de lo esperado, Hegel mira la carpeta de informes que trajo consigo el primer día, la misma que había ojeado por su cuenta antes de que yo dijera nada.

Esta vez no la abre.

La deja sobre mi mesa con un gesto tranquilo.

Me dice, casi de pasada, que quizás la síntesis más importante que ha encontrado en todo este proceso no está en ningún sistema filosófico, sino en el hecho de que la ciencia, paciente, acumulativa y completamente ajena a sus teorías, lleva siglos haciendo exactamente lo que él describió: chocar contra lo que no sabe, aprender de ese choque y avanzar hacia algo mejor.

No toda contradicción necesita una explicación inmediata. Algunas solo necesitan tiempo para ser atravesadas.

Sale de mi consulta y me quedo mirando esa carpeta cerrada sobre la mesa, pensando que pocas veces he visto a alguien llegar tan seguro de tener el marco para entenderlo todo y salir tan tranquilamente reconciliado con no necesitarlo del todo.

Y que esa reconciliación, modesta y sin aspavientos, es quizás la síntesis más honesta que Hegel ha producido en toda su vida.

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